junio 10, 2021
Cuerpos escritos
Un territorio ensombrecido, cuya lógica social transcurre en los bordes de la ley, y una narrativa -esta de la autora- más literaria que académica, alumbrando la injerencia que la mafia de Juárez tiene en todos los aspectos que sistemática y cotidianamente ocurren en su ciudad.
¿Por qué ocurre esto? En principio, porque nadie los detiene.

En una reseña del año pasado les hablé de un momento especial, que fue cuando me puse por primera vez los anteojos del feminismo, y sentí que con ellos empezaba a ver otra realidad. No sé si les habrá pasado. Fue a los 14, o a los 15, por ahí. Tengo el recuerdo de haber estado varios meses hirviendo, de ese enojo que me había agarrado, por esa indignación que me había estado acompañando toda la vida, sin saber porqué, pero que entonces se me pegó como si fuera una segunda piel. Me acuerdo de entrar a perseguir una moto, porque el chabón me había gritado algo, de empezar a reconocer momentos que no podía describir con palabras -después iría entendiendo los patrones y las jerarquías del poder patriarcal- y deducir amargamente que, de todo eso, no podría escapar jamás. 

Como buena ñoña que soy, empecé a estudiar sobre el tema, como si fuera a dar examen, cosa que hago hasta el día de hoy y espero seguir haciendo toda la vida. Aprender lo que eran esas “estructuras patriarcales”, y reafirmarme en mi miedo conspiratorio de que sí, de que todo es una gran trampa. A esto me refería, cuando les decía recién que no sé si les habrá pasado, aunque intuyo que sí, porque fue un fenómeno social, más que individual, que vi reproducirse con fuerza a mi alrededor. Me aprendí los números. Fui tragándome las estadísticas. Cuántas mujeres cada cuántas horas y en cada país. Me recuerdo charlándolo con mi mejor amiga, sentadas sobre los bancos de la escuela, y me recuerdo diciéndole, en chiste, que “al menos no somos México”. Siempre retuve especialmente ese dato: que las cifras de México eran altísimas, y que, en esa magnitud, influía mucho Ciudad Juárez, que solita se las arreglaba para elevar salvajemente la estadística. 

Conocer los números me daba como cierta tranquilidad, porque, de alguna extraña manera, el saber nos calma. Una vez que sorteamos la barrera de la ignorancia, como método de felicidad, el conocimiento nos funciona para sobrellevar el día a día. En efecto, los anteojos del feminismo son prescriptos -no son por la facha-. Sé con exactitud cuántas pibas de mi edad desaparecen en la calle, y con eso me convenzo de que, el riesgo que corro viviendo mi vida, es una decisión tomada, no una condena. 

Agota escribir sobre femicidios. Es la realidad. Después de la cuarta, quinta, sexta nota, ¿qué te puedo decir, que no haya dicho ya? Enojo, llanto, reclamos, todo metido en un cóctel que cada 35 horas alguien se encarga de volver a servir. Sí, le podemos buscar una vuelta a la cosa, le podemos entrar desde otro costado, pero al final no hay con que darle. Mataron otra piba: chocolate por la noticia. Y sin embargo, otra vez estoy acá, escribiendo esta columna, porque la realidad es que siempre hay que volver a decirlo. Y entonces sí, acá voy. Dame cinco segundos que prendo la mecha. Andá a servirte algo y volvé.

Tiene un nombre largo, este libro: «La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez». Y tiene un subtítulo, también: «Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado». Se desata una primera cuestión: ¿sabremos realmente las cifras de lo que pasa allá? Las fuentes locales no parecen ser muy confiables. Sé que, para principios de mayo, ya eran 57 mujeres muertas durante 2021. Sé que, en los últimos 28 años, se estiman que son más de 1700 víctimas. Y si, a esta altura de las cosas, un número no te dice demasiado, -no te preocupes, nos pasa a todes- probá contando hasta 1700, e intentá hacerte la idea que cada uno de esos numeritos es otra mujer que no está más. No deberías llegar a 50 sin largarte a llorar. 

“Las muertas de Ciudad Juárez”, les dicen. Y detengo la lectura de Rita Segato, para googlearlo. Qué fácil me enojo. Es que resulta muy fácil ser ambiguo, cuando se redactan las noticias, diciendo que no se sabe. Que no puede saberse quiénes cometieron esos crímenes. Pero, ¿alguien puede dudar por qué? En esa ciudad, límite fronterizo entre México y Estados Unidos, opera históricamente uno de los cárteles de droga más renombrados. Un territorio ensombrecido, cuya lógica social transcurre en los bordes de la ley, y una narrativa -esta de la autora- más literaria que académica, alumbrando la injerencia que la mafia de Juárez tiene en todos los aspectos que cotidiana y sistemáticamente ocurren en su ciudad. Una metástasis que incluye, entre otras cosas, tráfico de inmigrantes y cuerpos violados, torturados y descartados de las chicas pobres del lugar. Todo a la carta. 

¿Por qué ocurre esto? En principio, porque nadie los detiene.

Nadie lo había dicho hasta que ella se atrevió a decirlo. Y cuando lo dijo, fue tan impactante, que rápidamente la invitaron a Ciudad Juárez, para explicar de primera mano su hipótesis sobre lo que allí ocurría. Y Rita fue.

Durante once años, consecutivamente, habían desaparecido pibas como si nada, y durante ese tiempo se apilaron motivos y explicaciones de los más variados. Curiosamente, siempre se apartaba la premisa más evidente: ¿Por qué lo hacen? Porque pueden. Narrado por los medios locales, parecía la obra increíblemente prolífica de un asesino serial: mismo modus operandi, coincidencia en la descripción de las víctimas, como si fuera un disco rayado. ¿Cómo es posible esa repetición absurda del libreto, prácticamente al pie de la letra?

Nunca nadie se lo había cuestionado, pero, cuando lo dijo Segato, resultó harto-evidente. 

El tema es que, así como a mis 15 yo me preguntaba de qué me servía saber que todo era una mierda, la autora recicla la pregunta y comparte su sensación en el texto: ¿De qué sirve comprender la razón de esa violencia, revelar sus patrones y modalidades, si no es para ponerle un freno? Si te gusta una pregunta que te lleva a otra -porque, sincerémonos, eso es el conocimiento-, entonces te recomiendo que agarres este libro, que es corto, que se lee rápido y que, sin decirnos nada que no sepamos, igual te va a dejar pedaleando en el aire.

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