febrero 8, 2021
Teoría King Kong
La autora pone en crisis la construcción de una mujer: la positiva, la feminista, la mujer fuerte, que tiene todo -es linda, blanca y flaca-, inteligente -pero no muy confiada-, contenta con su trabajo y una vida sexual plena. Bueno, esa mujer no existe.
Virginie está parada en la calle y le habla a la mujer de este tiempo, y también al hombre, como ella misma aclara desde el principio.

Escribíamos la otra vez sobre un clásico del XX, y ahora vamos a ver qué pasa con uno del XXI: Teoría King Kong, obra célebre de Virginie Despentes. Si Virginia Woolf hablaba con la fluidez y el léxico de una académica, Virginie está parada en la calle y le habla a la mujer de este tiempo, y también al hombre, como ella misma aclara desde el principio. Violencia de la palabra llana y dura, en toda su potencia, y experiencias de vida que meten miedo pero que reconocemos con una facilidad alarmante: esos son los pilares fundamentales de este libro incendiario.

Desde el prólogo, y mientras define a quién le está hablando y desde dónde lo hace, la autora pone en crisis la construcción de una mujer: la positiva, la feminista, la que nos muestran los medios como prototipo de mujer fuerte; tiene todo, es linda -blanca y flaca-, inteligente -pero no muy confiada-, está contenta con su trabajo -pero no es todo en su vida-, tiene 3 hijos y una vida sexual plena. Bueno, no le habla a esa mujer Virginie, porque esa mujer no existe. Y no debe ser casualidad que Virginie haya tomado una frase de Un cuarto propio, de su casi tocaya Virginia, para arrancar su libro.

Lo leí durante unas vacaciones, en una casona de la época de Rosas, cerquita de Pehuajó. Me picaban los mosquitos porque sentí que no valía la pena dejar de leer un segundo para agarrar el OFF que estaba abajo de la reposera. Es que el lenguaje del libro es embriagador. Con Virginia sentís que estás tomando un té con una profesora que querés mucho, pero con Virginie sentís que cayó en tu casa de golpe una amiga que viajó por medio mundo y que tiene mil historias para contarte, una más loca que la otra, volándote la cabeza. 

Este posfeminismo le lleva años luz de distancia, en algunas cosas, al feminismo de comienzos del siglo pasado, y en el fondo, sin embargo, sigue reclamando lo mismo, con la bronca que te genera saber que estás diciendo lo mismo desde hace mucho más de 100 años. Virginie vive un tiempo de derechos ganados, en relación a las feministas de la década del ‘30. Pero sabe que hay algo que todavía se tiene que transformar.

Este libro defiende nuestro derecho a estar enojades. Pasé por muchas etapas, desde que supe que era feminista, cuando estaba en el secundario. Primero entendí que tenía nombre, eso que yo estaba pensando, y que otres ya lo habían pensado antes. Luego empecé a leer, a mirar películas, y ahí estaban, los anteojos del feminismo. ¿Qué pasó, cuando me los puse? Me enojé. Empezar a advertir el machismo que me rodeaba, ahí donde antes solo veía chistes, me produjo enojo. Notar que el género con el que yo me identificaba, traía incorporado un paquete de mierda del que no podría escapar, me produjo más enojo. Ser mujer era una mierda y me iba a morir antes de que eso pudiera cambiar. 

“Las feministas están muy sacadas, son violentas”, escuchaba decir -y seguimos escuchando- porque habíamos empezado a putear al chabón que te decía algo en la calle. Perseguí a un tipo en una moto, a mis 15, por una calle oscura, después de que me había gritado algo: una de las cosas más imprudentes que debo haber hecho, y no les conté a mis viejos porque quería seguir pudiendo salir a la calle. Hasta que un día asumí este riesgo inevitable de ser mujer, y eso se me dio como un descubrimiento revelador. Decidí que cuando no tuviera quien me acompañara a un recital, directamente no iría, porque no estaba dispuesta a correr ese riesgo de que alguien me viole, me secuestre o directamente me mate. Y supe que, si alguna decidía que estaba dispuesta a correrlo, su decisión era tan válida como la mía. Y sí, obvio, a veces se nos olvida el riesgo. Sino, ¿cómo mierda vivimos?

No se me pasó el enojo, pero aprendí a esconderlo, porque a una mujer enojada no la escucha nadie y yo quería que me escucharan. Me convencí que el enojo es una cosa lógica que te pasa cuando te ponés los anteojos por primera vez, y después ya está. Hasta que leí Teoría King Kong y me di cuenta de que seguía enojada, e incluso más que a los 15. 

Este libro tiene una frase que no me canso de repetir: a los demás, pero más que nada a mí misma. Me la repito cada vez que me sorprendo con otro fallo judicial que minimiza la violencia arrolladora de una violación. Me la repito cada vez que escucho gente justificando el acto de la violación: “Si verdaderamente hubiéramos querido que no nos violaran, habríamos preferido morir”. ¡Eureka! Leerlo fue como uno de esos momentos en que terminás de entender algo que rondaba en tu cabeza, algo que te hacía ruido, como una nebulosa de ideas que todavía no habías acabado de descifrar. Fue un golpe en la panza. En el fondo lo sabía, pero es distinto cuando le das la entidad de la palabra. Y ahí estaba, la regla. Si preferís vivir, es que no estuvo tan mal, y si te moriste, bueno, tampoco queda tan claro, como pasó con el caso de Lucía Pérez.

En Teoría King Kong, Virginie Despentes habla de violación, de sexualidad, de violencia, habla de la fealdad, de trabajo sexual, de la industria del porno y del ser mujer, en todas sus formas. Pregunta a los hombres, también, para cuándo la emancipación masculina. Y todo lo hace a las puteadas, porque sí, porque está enojada, y porque llama a que todo el mundo se enoje como ella. El feminismo es una revolución, y cuando nos damos cuenta, queremos dinamitarlo todo.

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