febrero 14, 2022
Mentes ociosas
El tema, en un país como este, es que el cumplimiento irrestricto y a rajatabla del derecho a la propiedad privada deja un tendal de familias heridas al borde del camino, que no encuentran la manera de que se les garantice un derecho mucho más elemental, que es el derecho a tener una vivienda.
No se debe permitir que nadie escatime una propiedad, porque eso significa que otra familia se quedará en la calle.

¿Será cierto que el gobierno ahora “está evaluando” meterle un impuesto a la gente que tiene una casa o un departamento fuera de servicio? Capaz que andamos precisando algo así, porque está a las claras que mucha de esta gente propietaria no pone las cartas sobre la mesa cuando se trata de sacarle un rédito a ese techito -o pisito- extra que la vida le dio. Y no se trata de regalar nada, no señor, que esto no es una cuestión de espiritualidad. Es muy probable que lo que tienen lo hayan hecho en buena ley, laburando como cualquier hijo de vecino y juntándose un ahorro digno. ¡Bienvenido sea el laburo honrado y el salario decente para que las familias argentinas puedan tener un ahorro en lugar de vivir con la soga al cuello! ¿Qué más quisiéramos como país? Y acá nadie le va a andar diciendo a otros cómo tienen que usar lo que es suyo, porque la propiedad privada sigue siendo un derecho efectivo. Pero con una salvedad.

¿Saben qué pasa? Que no todo lo que brilla es oro y no existe ningún país de las maravillas -y si existe no es el nuestro-. Nadie les va a pedir a los dueños que rifen sus propiedades. Nadie les va a prohibir que pongan el monto que les provoca felicidad, a la hora de publicarlas. El asunto es todavía más vulgar y primitivo: lo que se está discutiendo, a ver si nos entendemos, es cómo hacer para que larguen esa propiedad, para que no se la amarroquen, para que dejen de especular. Pongan las condiciones que ustedes deseen, damas y caballeros. Lo único que se les pide es que ¡dejen de especular de una vez!

Saquémonos las caretas y digamos las cosas como son. No existe algo parecido a que se cumplan los derechos de todas las personas, porque vivimos en un mundo desigual, y entonces los derechos que sí son garantizados tienen el aspecto de privilegios. Lo que pasa es que todas estas palabras, “derechos”, “igualdad” y la mar en coche, son eso, palabras, y cada uno se las guarda en el bolsillo que le conviene. El tema, en un país como este, es que el cumplimiento irrestricto y a rajatabla del derecho a la propiedad privada deja un tendal de familias heridas al borde del camino, que no encuentran la manera de que se les garantice un derecho mucho más elemental, como es el de tener una vivienda.

Los propietarios no deben decidir sobre el conjunto de la sociedad. Ellos tienen de entrada dos cosas a favor que los pone en el lugar de privilegiados: la certeza de que nadie les tocará el patrimonio y la libertad de gestionarlo a voluntad. Y tienen una en contra, también hay que decirlo: que en una economía híbrida como la nuestra, con una moneda devaluándose todo el tiempo, la renta de los alquileres se lesiona y la insatisfacción aumenta. Pero debe haber reglas de juego claras en una sociedad, si pretendemos que funcione, y eso es algo de lo que nadie debiera renegar. En este caso, estamos hablando de una sola regla, una tan sencilla que cualquiera con dos dedos de frente la puede entender: no se debe permitir que nadie escatime una propiedad, porque eso significa que otra familia se quedará en la calle.

¡Reglas elementales para que una sociedad funcione! ¿Les parece prepotente, la sugerencia de esa norma? ¿Acaso empleamos un tono elevado para reclamarla? ¿Y no les resulta prepotente la sola idea de que una familia deba permanecer una noche a la intemperie? “Seamos buenos”, diría Horacio Pagani. El Estado debe procurar que una sociedad funcione, y lo mínimo que tiene que pasar para que la sociedad funcione es que nos pongamos de acuerdo en que las veredas son para caminar, no para dormir.

Ya tuvieron la oportunidad los propietarios de decidir qué hacer con lo suyo y el resultado está a la vista: una escasez fenomenal de propiedades puestas en alquiler, el inevitable encarecimiento de las pocas que se ofrecen y una consecuencia cruel, que pone al descubierto lo bajo que podemos caer. Casas ociosas, sin ruidos, sin una pava calentándose en el fuego a la mañana, sin un padre que mande a levantar a los chicos para ir a la escuela, sin besos, sin el vapor de la ducha en invierno, sin ropa en el tender, sin camas deshechas, sin alma, sin amor. Habiendo tanto amor agolpándose del otro lado de la puerta, esperando poder entrar. Y todo por el capricho de unos pocos, que no saben convivir en sociedad, y que no tienen ni la más pálida idea de lo que es el amor.

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