mayo 3, 2022
La fe en pandemia
En el templo pentecostalista Siembra el Pan Internacional, en el barrio porteño de Villa Lugano, se sigue luchando para mantener encendida la fe, en una época difícil no solo en términos sanitarios, sino también económicos, psicológicos y espirituales.
El Covid-19 ha alterado la vida espiritual de nuestro pueblo, porque la presencialidad, el estar con el cuerpo, es vital para el entusiasmo colectivo.

El grupo de alabanza se oye a media cuadra del templo, ubicado en Martiniano Chilavert 5875. Es una mezcla, aún indefinida, entre pop y rock. A pesar de la distancia, la guitarra suena potente y con una ligera distorsión. El sonido se vuelve más nítido a medida que uno se aproxima, con pasos apresurados, al punto de la congregación religiosa. El bajo, la batería y el teclado perfilan uno de los hits del cancionero evangélico en lengua hispana. Estacionado en la puerta del establecimiento, el mismo gran camión con acoplado de siempre. En la parte superior del frente gris del local, se lee en grandes letras rojas: “Iglesia Siembra el Pan”. Una cartelera, a la derecha, informa los días y horarios de reunión -miércoles, viernes, sábado y domingo-, y un lema indica que ésta es una Iglesia de Cristo: “Que una situación no te detenga, Dios puede ayudarte”.

Son las 20 y el culto ya lleva un rato de comenzado. Una hermana bendice a los que ingresan y les pone alcohol en las manos con un pulverizador. En el amplio interior predomina el color blanco, tanto en las paredes altas como en el escenario. A modo de bienvenida, el grupo de alabanza ejecuta sus canciones de adoración cristiana, clásicos del repertorio evangelista. El recinto, en una primera ojeada, podría ser un garaje reacondicionado para lugar de culto. En ambos costados hay colgadas banderas hispanoamericanas: a la derecha, Argentina, Perú, México, Colombia, Cuba; a la izquierda, Venezuela, Paraguay, Chile, Brasil, Uruguay. También está la bandera de Estados Unidos. Como el calor es sofocante, los turbos amurados entre las banderas ondeantes están encendidos. El sonido de las aspas fracciona y ensucia la música. Los hermanos y hermanas aplauden y cantan de pie. Están también quienes alzan los brazos, quienes mantienen las manos extendidas con las palmas hacia arriba y quienes prefieren permanecer sentados y acompañar en silencio las letras de las canciones.  

Los congregados están distribuidos en los bancos en grupos de dos, tres o cuatro personas. Da la sensación de que todo el mundo se conoce. En un rincón, detrás del espacio reservado para el público, los hijos e hijas de la familia pastoril juguetean alrededor de una mesa cuadrada y bajita: hacen dibujos, arman rompecabezas, deslizan sus juguetes de plástico o simplemente los golpean contra la tabla en busca de nuevas posibilidades lúdicas. Todo ocurre bajo la mirada atenta de alguna pastora o algún pastor, que se turnarán en lo que dure la celebración para cuidar de los niños. Nada impide que lloren, rían, peguen gritos agudos, se tiren al piso o corran uno detrás de otro, dificultando la escucha de la prédica. La Iglesia, después de todo, es como una segunda casa. 

Los fieles llaman a estas ceremonias “reuniones” o “cultos”. Para definirlas, podemos emplear el concepto de “dispositivo” del semiólogo argentino Oscar Traversa, cuando analizaba la producción de sentido en el marco de la comunicación: “Artificio destinado a obtener un resultado automático”. Desde su perspectiva, estas reuniones son dispositivos pentecostalistas que poseen, entre otras finalidades, dos muy específicas: la escucha del sermón y la obtención de la llenura del Espíritu Santo. Para cada hermano, esta experiencia sobrenatural de la llenura o toque equivale a “sentir ese fuego”, o “la presencia”, o “un aroma”.  

En relación a estos últimos meses, hermanos y pastores aseguran que estamos viviendo un tiempo hermoso de visitación del Espíritu Santo. 

El 28 de noviembre llovía a cántaros. Repiqueteo incesante contra lo que posiblemente es una techumbre de chapa que ha sido estéticamente recubierta por una lona de color gris claro. El temporal no ha impedido la asistencia de algunos pocos hermanos. La baja concurrencia, debido a las inclemencias climáticas, resultó ideal para alterar la ceremonia y celebrar una de tipo íntimo.  

El interior del templo, a fuerza de ausencias, se ha vuelto más espacioso. Los asistentes están sentados en grupos aislados. Las luces de los siete tubos que cuelgan del techo parecen más blancas y fluorescentes. El que está hablando es el Pastor Nazareno:

«Me gustaría, hermanos queridos, que esta noche se acerquen, que estemos más cerca. Si viene menos gente es porque Dios tiene algo especial para cada uno de nosotros». 

Con timidez y algo de lentitud y titubeo, los presentes ocupan los bancos de adelante. El suelo se va poblando de las gotas que resbalan de los paraguas. Los fieles llegan desde distintos barrios de la capital y localidades del conurbano: Fiorito, Budge, Mataderos, Madero, Soldati, Tapiales, Merlo. Lo mismo los pastores y pastoras de la Iglesia. 

La proximidad corporal hace más intenso el olor a ropa mojada.

«Hoy es una noche especial, una noche para valientes que vinieron con ganas de recibir la Palabra».  

La cercanía entre unos y otros, siempre guardando el distanciamiento, brinda una sensación de unanimidad nostálgica alrededor de una fogata.  

Afuera la tormenta arrecia y el cordón cuneta de Chilavert y Cafayate hace lo que puede con el agua que cae a baldazos desde el cielo encapotado. Cruzando la calle, los monoblocks color beige de cuatro pisos cercados por rejas pintadas con antioxidante. A través de las ventanas se pueden ver algunas siluetas desplazándose dentro de los departamentos y la luminiscencia plateada de distintos tipos de pantallas: celulares, computadoras, televisores. La pandemia ha multiplicado el auto-aislamiento híper-conectado.  

¿Por qué estos creyentes han venido a escuchar el mensaje de Dios, un domingo así, anegado y difícil de transitar? Este presente, tras los hábitos y costumbres que hemos adquirido durante el aislamiento, es un híbrido desconcertante, entre nuevas y viejas normalidades, pero también entre salud y enfermedad, vida y muerte, guerra y paz.

Un texto de Diego Jaureguis. Parte 1/3.

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