junio 5, 2021
El muro de los días
Esta semana me tocó vacunarme. Y muchos amigos también recibieron la esperada primera dosis, no interesa de cuál. De a poco, con el correr de las semanas y los meses, el mosaico de las redes sociales va cambiando su aspecto, transformando las tristezas y los dolores en un esbozo de alegría y en la calma que nos estábamos mereciendo.
Tantos testimonios que empezaban a emerger, como botellitas flotando en el mar, en medio de este naufragio.

A uno le da la impresión, a esta altura de las cosas, de que el Covid-19 se ha transformado en una sección más de nuestro periódico cotidiano. Una sección por cierto bastante ineludible, por mucho que nos pese. ¿Quién le puede encontrar el gusto a sentarse a escribir un relato sobre la pandemia? ¿Quién puede disponerse a pasarla bien, leyendo un artículo que mete la cuchara en este padecimiento? Sin embargo, hoy estamos tratando de construir una narrativa distinta, sin engañarnos ni envalentonarnos.

Un par de semanas atrás, me llamó la atención toparme de golpe en distintos medios, y mismo en redes sociales, con cartas que habían escrito a modo de reflexión algunos pacientes, mientras cursaban su internación contagiados de Covid-19, intuyendo -como lo haría uno en su lugar- que la cosa siempre se puede complicar. Quizás no fuera más que un impulso que tuvieron, para gestionar los nervios o simplemente para atravesar el tiempo de alguna manera. Lo cierto es que sus testimonios estaban condenados a tomar estado público, porque sus autores efectivamente no podrían sortear las dificultades que se les presentaron y engrosarían la tremenda lista de nuestros compatriotas fallecidos y fallecidas, por complicaciones derivadas del coronavirus.

Recuerdo haberme encontrado, en el transcurso de poquitos días, con al menos cinco de estas cartas, escritas por manos temblorosas. Recuerdo haber pensado que acá estaba pasando algo, con tantos testimonios que empezaban a emerger, como botellitas flotando en el mar, en medio de este naufragio.

Un joven maestro marplatense, relataba en su carta: “Anoche entré en internación porque no saturaba bien. Tengo mucha fe en los profesionales que me cuidan y en las personas que me quieren y están tirando rezos, oraciones y buenas energías”. Se llamaba Guillermo y tenía 27 años. No parece, con su carta, que pretendiera salvar el mundo. Lo que buscaba, tal vez, era sembrar un poco más de consciencia, colocándose como ejemplo. Se había aplicado la primera dosis de la vacuna, pero la enfermedad no tuvo piedad con él.

Ese texto que escribió, lo escribió como maestro, y desde su trinchera les pedía a sus contactos que por favor vieran la realidad de lo que estaba pasando, en lugar de creer en la presencialidad que vendían los medios. Es un debate áspero que no replicaremos en esta nota. Sencillamente recordamos ese llamado de atención que, algunas semanas atrás, intentó dar el joven docente. “Si viajás al colegio en auto, pensá en los que usan el colectivo. Si tus chicos van a escuelas privadas, pensá en los que vamos todos los días a la pública”, dijo en su carta. Y agregó una cosa más, antes de ponerle el punto final: “Pensá que se viene el frío. Pensá que se acercan las heladas”. Algo que solo a los docentes parece preocupar, salvo honrosas excepciones. Todavía no nos llegó el invierno, y uno de los puntos básicos del protocolo es que las ventanas del aula deberán permanecer obligatoriamente abiertas durante las horas que dure la actividad escolar. ¿Qué va a pasar con esto? Señores padres: ¿Ni siquiera sospechan que sus hijos sufrirán las inclemencias del clima, por mucha estufa encendida que pueda haber en el salón? Yo estoy escribiendo esta nota desde CABA, pero ni hablar de Mar del Plata, y qué decir de la Patagonia. Todo lo que quiso Guillermo, fue llamarnos a la reflexión.

La otra carta que aludiré fue escrita por Hugo Míguez, desde su internación en el Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires. Es curioso, porque un par de notas atrás mencionábamos un hecho luminoso e inspirador, acontecido ahí mismo. Bah, más que curioso es sensato, porque la vida y la muerte son moneda corriente en un hospital. Y la carta de Hugo fue más elaborada, tiene el aspecto de haber sido pensada, de no haber dejado nada librado al azar. El hombre de 75 años dijo lo que se propuso decir, e incluso tituló su texto: “30 segundos”, así se llama.

Sin la urgencia de Guillermo, con el temple de saberse hecho, se encargó de elogiar al grupo de profesionales que en todo momento cuidó de él. Hugo había sido investigador del Conicet, experto en epidemiología, y entonces su punto de vista es diferente, porque uno podría pensar que era su impulso de intelectualizar todo eso que pasaba a su alrededor. Leyéndolo, sin embargo, lo que fluye es la sensación opuesta: que quiso desembarazarse de sus conocimientos y quedarse nomás con lo esencial. Habla de una matriz y de una emocionalidad antigua; habla del caldo primordial y de una llamita encendiéndose en el lado oscuro de nuestro cerebro. Léanlo ustedes mismos. Escribirá en su carta: “Llegué aquí dispuesto a evitar prolongaciones que arañen un poco más de sobrevida, a costa de desesperación. No rasguñar las piedras para mí”.

El maestro de 27 y el científico de 75 arrojaron al mar su testimonio embotellado, y ahí está la gratitud que sintieron por las personas que cuidaron de ellos, y ahí hay un hilito de esperanza del que poder tironear. Esta semana me tocó vacunarme. Y muchos amigos también recibieron la esperada primera dosis, no interesa de cuál. De a poco, con el correr de las semanas y los meses, el mosaico de las redes sociales va cambiando su aspecto, transformando las tristezas y los dolores en un esbozo de alegría y en la calma que nos estábamos mereciendo. Como cuando mirás un partido por tv y el relator dice que el equipo que está perdiendo dos a cero ya merece al menos el descuento, ¿vieron? Bueno, nosotros ya habíamos hecho méritos suficientes para tener este cacho de calma, ¡y para renovar el aire!, que todavía falta el alargue y acá no hay gol de oro.

“No rasguñar las piedras para mí”, escribió Hugo. ¿Lo habrá pensado? Apostaría que sí: “Detrás de las paredes que ayer te han levantado, te ruego que respires todavía”. Le puso nombre a su relato, “30 segundos”, porque estimó que ese era el tiempo justo para evocar a los amores que tuvo, antes de que lo atrape la melancolía. Y su carta culmina con tres palabras: “Gracias, gracias, gracias”.

Seguimos atravesando nuestro dolor, y lentamente nos atrevemos a dejar asomar una sonrisa. No sabemos bien cómo sentirnos, y ahí vamos, haciendo lo que podemos. Apoyamos nuestras espaldas y esperamos abrazarnos, atravesando el muro de los días.

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3 comentarios

  1. Que maravilla la vida que maravilla la humanidad que maravilla la palabra que crea mundos lazos cuudados gratitud que maravilla

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