mayo 27, 2021
El Estado Maratea
Es una comunidad organizada, con un personalismo muy marcado y un grupo considerable de gente anónima que parece dispuesto a acompañarlo. Pibes y pibas que, sin este plan de Santiago, posiblemente no encontrarían cómo canalizar sus energías -o su dinero- para depositarlas en algo que los trascienda.
No. Santiago no es el Estado, porque el Estado no es propiedad privada de nadie.

“Hola, buen día. Che, te hago una pregunta, ¿de casualidad, tenés diez pesos? Es para comprar una ambulancia”.

Santiago Maratea es influencer, y en su cuenta de Instagram hay arriba de un palo y medio de gente. Ahí nomás, en el rengloncito de su biografía, se lee un bocado de seis palabras que no lo define a él como persona, sino que clarifica -o eso busca- la razón de lo que viene armando. Va al grano de una: “Lo que hago no es caridad”.

Un buen día dejó de usar las redes como lo venía haciendo, y aprovechó el piso de popularidad que se había ganado para colgar un par de historias explicando cómo era la movida esa de la ambulancia para una comunidad wichí que la necesitaba. Les proponía, a todos sus followers, hacer una vaquita de dos millones de pesos, y sin saberlo ponía en marcha una maquinaria de poder. El pibe había hecho una cuenta sencilla: si cada una de las 200 mil personas que veían a diario sus historias ponía 10 pesos, listo, ahí estaban los dos millones. Y fue a por ello. Puso la jeta, colgó sus historias, tiró la onda, agitó el avispero, laburó en la campaña y pateó el tablero: en un puñado de días, los dos millones estaban en el bolsillo virtual de Omar, la persona que se le había acercado pidiéndole una mano para su comunidad. Una vez lograda la misión, el influencer se fue hasta allá para encontrarse con esa gente a la que había podido ayudar. Ya no habría vuelta atrás. Se arrojó por un tobogán vertiginoso y sin retorno.

En la vorágine de esa movida que estaba arrancando, tiró un par de historias blanqueando su incredulidad con sus seguidores. Palabras más palabras menos, les dijo que era una locura, organizarse así, tan fácil, y entre todos resolverle un problema a una comunidad olvidada por el Estado. “Parece una boludez, porque son historias de Instagram y cada uno aporta desde el sillón, con el teléfono, pero sin embargo el impacto es real, está en la calle y es muy fuerte. Me emociona”.

A ver, Santiago Maratea es un pibe que no llega a los treinta y no tiene por qué conocer cómo funcionan los resortes del Estado. Debe tener, como un montón de gente, la intuitiva impresión de que ahí hay asuntos que no andan bien. Y si creyera eso, ¿alguien podría culparlo? La realidad es que este programa de acción que propone no debiera ser un obstáculo para el Estado, ni el Estado debiera ser un estorbo para él. Son construcciones que ocurren por andariveles diferentes y que no tendrían por qué friccionar. Después, la cosa se empieza a embarullar, pero no por culpa suya, sino por la aspereza de ciertos mensajes que de golpe vemos anidar en el árbol de sus campañas solidarias. Alentar la anti-política, en un país como el nuestro, es pegarnos un tiro en el pie, y eso hay que decirlo con toda claridad.

Santiago hace política, porque organizar un colectivo de personas tan grande, echando mano a una caja de herramientas y propuestas, pelando carisma y creatividad y poniendo en juego su liderazgo, es hacer política, acá y en Japón. Después discutimos qué clase de política hace. Lo que no habría ni que andar aclarando, es esto otro: que un país tan castigado como el nuestro, latinoamericano, con una historia sangrienta sobre sus hombros, dependencia cristalizada en deudas eternas y una desigualdad insoportable en su propia tierra, precisa como pocos un Estado presente y activo, pensando y fabricando políticas que estén puestas al servicio de achicar esa brecha, generando laburo y protegiendo a los indefensos de la insensibilidad de los poderosos. El Estado no está para hacerse cargo de dramas personales, por muy dolorosos que sean. Es cierto que tiene que ir buscando la manera de desburocratizarse cada vez más, pero más cierto es que el Estado tiene la obligación moral y política de pensar y operar sobre el bien común.

Santiago no es el Estado, porque el Estado no es propiedad privada de nadie.

Pasó un tiempo desde la primera campaña, en medio se nos largó el chaparrón de la pandemia y el influencer se embarcaba en una trama de enorme complejidad. Emma es una bebé cuya única opción para pensar en una vida saludable -una vida, a secas- era recibir un medicamento específico. El problema es que se trataba del medicamento más costoso del mundo: 2 millones de dólares, por una sola aplicación. Mejor que relatarles todo lo que pasó, es invitarlos a que lo vean ustedes mismos en las historias destacadas del Instagram de Santiago. Como ya estarán elucubrando, ese dinero se juntó, gracias a la decisión política y el trabajo dedicado de este pibe influencer devenido vector de causas sociales. No digo justiciero porque eso implicaría arrebatarle algo a alguien y dárselo a otro que lo necesita más. Sí, él le saca un poco de dinero a un montón de gente, pero ahí no opera resistencia, al revés: todo ocurre por la vía positiva, colaborativamente. En las últimas historias de su campaña se ve cómo la pequeña Emma recibe su dosis del medicamento, en el Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires, y cualquiera que reniegue o le ponga peros a ese final feliz, debiera replantearse su humanismo.

En un momento, en medio de esas semanas que duró la colecta por Emma, Santiago se mostró frágil en sus historias, y compartía con su público -los instagramers comparten con su gente casi todo lo que les pasa- que algunas veces se sentía superado por la situación. Y, ¿cómo no se va a sentir superado?, si es nada más que un pibe cargándose al hombro historias pesadas, poniéndose al frente de cosas que parecen imposibles y que involucran, como esa vez, la vida de una bebé. ¿Cómo no sentir pánico?, sin una estructura que te acompañe en una misión así; si vos sos el pegamento y todo, absolutamente todo, depende de que no te caigas.

Yo creo, como él, que no es caridad lo que hace. Y en todo caso será una fase superadora de la caridad, porque está politizada, porque está direccionada, porque es colectiva, planificada, liderada y encauzada. Lo último que hizo, días atrás, fue reunir el dinero para que un grupo de atletas argentinos pudieran viajar a Ecuador y participar de una competencia continental. Su troupe está afilada y las cosas salen al tuntún. Es una comunidad organizada, con un personalismo muy marcado y un grupo considerable de soldados invisibles que parece dispuesto a acompañarlo. Pibes y pibas que, sin este plan de Santiago, posiblemente no encontrarían cómo canalizar sus energías -o su dinero- para depositarlas en algo que los trascienda.

El desafío, acá, es que sus campañas no acaben siendo caldo de cultivo de la anti-política. El rol del Estado, crucial en nuestra vida social, no tiene siquiera por qué ser puesto en tela de juicio. ¿Que si no debiera aggionarse el Estado? Sí, por supuesto. ¿Que si no podría absorber algo de la impronta desfachatada y eficaz que se evidencia en estas movidas? Puede que sí. Para eso, tendría que operar la lógica inversa: bueno sería que esta camada de pibes y pibas, en lugar de despotricar contra la política, aproveche el envión de haberse atrevido a accionar, sintiéndose parte de un colectivo, para afilar ese compromiso con la sociedad. Bueno sería que se planteen participar del terreno público, en vez de negarlo.  

Bienvenido sea que Santiago siga ofreciéndose como vehículo para destrabar asuntos imposibles y que crezcan flores en el pantano. Es todo para ganar, amén el estrés que le puede generar seguir exponiéndose a esos niveles de presión. Pero sepamos que ahí no habita transformación, porque no hay resistencia. Cuando haya transformación, lo van a sentir en la palma de la mano, porque va a haber alguien tironeando del otro lado de la cuerda.

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