mayo 20, 2021
Un viaje sentimental
El patio de nuestra infancia tenía baldosas negras y blancas, como si fuera un gran tablero de ajedrez, pero sin reyes ni reinas, apenas con un caballito de madera que en vez de riendas tenía un piolín, y un peón, Mamá, barriéndolo en otoño y baldeándolo en verano.
Apenas estaba por empezar mi tiempo de la escuela primaria, y así me la pasaba, jugando y aprendiendo los misterios de la vida.

Mi casa de Ramos Mejía, era una de esas tipo chorizo, con varias piezas y pocas ventanas, y todas sus puertas altas de madera confluyendo en un patio común. El primero de los cuartos era el último que visitábamos, al fondo estaba la cocina y ahí pegado un galponcito con candado que era donde mi viejo escondía sus herramientas y algunas chucherías que él atesoraba. En la pieza poco visitada vivía la Tía Inés, una hermana de mi abuela de la que se terminó haciendo cargo Mamá, porque “nadie podía”, y sin embargo ella sí pudo, mientras crió tres chicos chicos y bancándose un marido chapado a la antigua, tirano, amargo, exigente. Como si fuera poco, mi vieja se encargaba todos los días, de que ese caserón enorme no se nos desmoronara.

Mientras estuvo sana, la Tía era gigante, fuerte, huesuda y olía a violetas, nunca supe bien porqué. Cada tanto salía, pero siempre volvía con caramelos Bonafide y pan de miel de la Panificación Argentina. Hasta que un día no volvió más, y en su pieza empezaron a oírse unos quejidos fantasmales y una campanita de bronce que a nosotros nos llenaba de miedo, y que a Mamá le borraba la sonrisa. El patio de nuestra infancia tenía baldosas negras y blancas, como si fuera un gran tablero de ajedrez, pero sin reyes ni reinas, apenas con un caballito de madera que en vez de riendas tenía un piolín, y un peón, Mamá, barriéndolo en otoño y baldeándolo en verano. Recuerdo sus macetas, con malvones de flores rojas y rosadas, hortensias y calas, y ese duraznero debilucho y lleno de bichos, que a duras penas nos daba frutitos arrugados y que mi abuelo Angelito sacrificó para no verlo sufrir más.

Durante primaveras y veranos, el patio se convertía en mar abierto y entonces mis hermanas y yo salíamos a navegar, a bordo de nuestro barco, que era un banquito invertido, con sus cuatro patas mástiles y las velas hechas de repasadores. Nos acompañaba nuestra tripulación de juguetes: ositos de paño, muñecas sin cabeza y soldaditos de plomo de la Segunda Guerra Mundial, algunos rotos y otros despintados. Las provisiones eran criollitas con paté o picadillo, y a veces sánguches de mortadela. Los días de mucho calor, en vez de limón Minerva con soda y azúcar, ligábamos cada uno una coca chiquita de vidrio. Ani y yo, ansiosos de frío dulce y picante, nos la tomábamos en un periquete, mientras que Inesita se demoraba horas, riéndose de nosotros que nos moríamos de envidia. Más allá estaba el bombeador, que siempre me llamaba con su voz de pistón -“¡Venite pacá! ¡Dale, venite!”, me decía- y ahí se me abrían otros mundos. Me acuerdo de uno lleno de sol, con cerco de majuelos e ipomeas violetas, mentas, melisas, lavandas y cedrones. Mi viejo, antes que marido, padre y todo eso, fue jardinero brujo del Parque Avellaneda, y él me contagió el misterio de las plantas. Los fines de semana se despojaba del traje de agente administrativo municipal y se vestía con su ropa feliz, que era un mameluco viejo y gastado, las alpargatas que él usaba como chancletas y el birrete ceremonial, con que invocaba luego a sus espíritus tanos quinteros familiares.

Con la azada y la pala canadiense Fox, se las arreglaba para hacer aparecer lechugas, tomates, acelgas, albahaca, perejil y zapallos gigantes grises y anaranjados. Todo ese alimento crecía en canteros de tierra negra, con surcos conectados donde viboreaba el río plateado de la manguera. ¡Ah!, pero cuando me la prestaban a mí, yo la sacudía, le apretaba la punta con los dedos y perseguía mariposas, grillos, hormigas, después de bañar el árbol de quinoto, lleno de frutos agrios.  

Pero había otro mundo, uno más oscuro y misterioso, que para mí era la jungla. Es que, ni bien atravesaba el cerco de cañas y maderas carcomidas, el sol se filtraba, entre la copa de unos árboles de tronco gris y ramas oscuras, enredaderas colgantes, hojas verdepálidas y flores extrañas. Lejano me llegaba el ruido de tambores de alguna tribu perdida, que me hacía eco en el pecho y alborotaba a miles de pájaros que rajaban en bandada. Mi amigo invisible Merruí me estrechaba su mano fría, para que no me sintiera solo, pero a la vez me advertía de los peligros que nos acechaban, más temibles todavía que la zapatilla de Mamá. Un arroyo profundo de agua jabonosa y burbujeante surcaba esa selva llena de ranas, sapos y arañas grandotas que se mecían amenazantes desde sus telas transparentes. Ya lanzado a través de las plantas silvestres, y antes de que el miedo me calara en lo más hondo haciéndome sucumbir, trataba de cobrarme algún trofeo de infancias pasadas: un coche antiguo con una sola rueda, una pelota de goma pinchada y pegajosa, un muñequito sin piernas y con sonrisa inquietante o una válvula quemada de radio, que podía significarme la salvación: eran, imagínense, restos de una nave extraterrestre, que me permitían regresar a tiempo a la civilización, y con la sensación del desafío cumplido.

Y entonces sí, a tomar la merienda con mis hermanas: mate cocido con leche y pedazos de pan flotando en el aura aceitosa de la manteca que generosamente nos servía Mamá. Y mucha azúcar, que no acababa de disolverse y era el premio por tomarnos el tazón gigante de loza cachada. Apenas estaba por empezar para mí el tiempo de la escuela primaria, y así me la pasaba, jugando y aprendiendo los misterios de la vida. De los monstruos, las oscuridades y las tristezas, me protegían las risas cómplices de Ani e Inesita, mis compañeras, mis primeras amigas, las que siempre se anticiparon a las tormentas, los enojos y los retos, por ser sabias de chiquitas, por saber leer, antes que yo, los silencios, los gestos y las secretas intenciones de ese mundo familiar.

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7 comentarios

  1. Hermosas palabras para llevarnos a ese lugar mágico de la niñez de patios grandes, sabores y olores de pan recién hecho y mate cocido.Gracias por recordarme fragmentos de mi infancia

  2. Mi patio de la infancia separaba las precarias casas de dos familias, la mía y la de mi amiga Silvia. Tenía una enorme higuera donde nos trepábamos, y saltábamos a riesgo de quebrarnos una pierna. Nunca pasó, será que los niños tienen un duende a su lado, para protegerlos?.

  3. Hermoso relato Miguel, me llevaste a dar una vuelta por tu infancia y volví alegre y gratificado por ese regalo.
    Abrazo grande!!!

  4. Maravillosa descripción de una infancia feliz!!!
    Increible capacidad de análisis entre recuerdos de experiencias con tus juguetes y vivencias !!!

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