agosto 28, 2021
Veredas salvajes
Es sorprendente, la naturaleza empeñada en asomarse y florecer entre grietas de paredes y calles, en huecos de árboles viejos o ahí nomás entre los escombros. Basta que se junte un cacho de tierra, para que el viento, los pájaros y los insectos esparzan semillas y ramitas verdes. De esa manera, decoran un poco los barrios grises y le hacen el aguante a la vida, en Flores, Barracas o Marcos Paz.
En las veredas, la gente silvestre encuentra su libertad y tal vez un mejor vivir.

En mi barrio de Marcos Paz, digamos cerquita del campo, son pocas las veredas que hay. La de enfrente de mi casa, por ejemplo, fue comida por una pequeña jungla. Los cercos de ligustrinas, siempreverdes, moreras y laureles, sembrados por gorriones, horneros y calandrias, de a poco fueron ganando terreno, y junto a la glicina de flores blancas, que tiende lianas atándolo todo, empujan a la gente que pasa y la obligan a chapotear, esquivando pozos. Los días lluviosos, hacen patinar a los caminantes, a la vez que arrastran bicicletas y carritos embarrados. Los vecinos se quejan y piden asfalto, piedras, toscas y que les limpien los pasillos de malezas. Cada muerte de obispo -siempre en vísperas de elección-, la motoniveladora viene a cortar de cuajo con la barbarie, llevándose puesta nuestra botánica diversidad.

Rita y yo redoblamos la apuesta: no solo dejamos que crezcan, nuestras plantas compañeras y cuidadoras, sino que ponemos azareros, jazmines amarillos, salvias moradas y madreselvas. Con ellas esperamos la primavera, que últimamente se nos está viniendo adelantada, culpa del cambio climático imparable.

Con tanto encierro pandémico y lucha contra las máquinas viales, casi me olvido de la poesía y de la magia de las veredas. Por suerte para mí, un fin de semana llegó desde el sur Adriana Marcus, a presentar un nuevo trabajo que había emprendido para la salud comunitaria. Es que la doctora es como el tiempo, no para, y por mucho que no tengamos noticias frescas, ella está siempre inquieta, viajando, buscando, creando, revolviendo. Y como por arte de alguna brujería, a la par de saber preparar remedios con las plantas, también se las rebusca para desbaratar con ríos de tinta las trampas de las palabras. Y así fue que una tarde soleada, frente a la nutrida concurrencia de más de 60 mujeres y tres hombres, presentó su libro sobre la plenopausia -¿qué tal?-. A fin de poder evitar la mordaza del barbijo -que nos protege, sí, pero también apaga las voces-, la hermosa charla se hizo en la ochava de Editorial Madreselva, o sea en la vereda.

Y eso me recuerda a una recorrida que hicimos tiempo atrás por las veredas del Bajo Flores, siguiendo el rastro de sus plantas silvestres. Es sorprendente, la naturaleza empeñada en asomarse y florecer entre grietas de paredes y calles, en huecos de árboles viejos o ahí nomás entre los escombros. Basta que se junte un cacho de tierra, para que el viento, los pájaros y los insectos esparzan semillas y ramitas verdes. De esa manera, decoran un poco los barrios grises y le hacen el aguante a la vida, en Flores, Barracas o Marcos Paz. Divididas en dos o tres grupos, las mujeres revisaban las veredas, tomaban apuntes y sacaban fotos a las viejas amigas de siempre, sanadoras y alimenticias: diente de león, diurético y depurativo; bolsa de pastor, para las hemorragias; mastuerzo, para las encías; santa lucía, de hermosa flor azul, para los ojos; borraja, para la fiebre y para hacer ravioles; parietaria -o buscapina, según la colonización farmacéutica- que tiene muchas propiedades sanadoras; pasionaria, sedante y somnífera. Y en los pequeños jardines de esas enormes personas, salvia morada y un boldo paraguayo de recio perfume.

En las veredas, la gente silvestre encuentra su libertad y tal vez un mejor vivir. Y ahí, en el Bajo, anda Doña Elsa hombreando una bolsa de carbón. Se va a celebrar la Pacha, en el CESAC 32, El Laberinto de Ángeles, devenido en consultorios de lujo para la gente del barrio. Azul de cuatro añitos y Celeste de tres, aprovechan que no hay nadie en casa y por la veredita de pasto y tierra se cruzan hasta la Unidad Municipal, en el Barrio Bernasconi de Marcos Paz: están yendo a contarle a alguien que su padre intentaba ahorcar a la hermanita menor, cada vez que no se comportaba como él pretendía. Las marcas en su cuellito hablaban por sí solas.

Por las veredas de Padua y de Merlo, Marcelo, de unos 50 años y con síndrome de down, huye de unos tíos que quieren internarlo y se busca la vida, comiendo lo que sobra en los comercios de la zona y durmiendo donde puede, que generalmente son los guardaderos de motos que hay en las estaciones del Sarmiento. Por las veredas de Castelar, Mariano se raja una vez por mes de la clínica psiquiátrica, y busca un momento de libertad para tomarse un café en algún barcito de Santa Rosa. Sabe que se tiene que apurar porque en cualquier momento lo agarra la cana y lo mete otra vez en la locura del encierro.

Cada vez que el Pampa Rodríguez sale del asilo, enfila por las veredas de la Avenida Corrientes hasta el BAPRO donde va a cobrar la pensión. Después, con el asunto en el bolsillo, se manda religiosamente a la parrilla Los Amigos de Ramón y se morfa un buen asado en compañía de los parroquianos del lugar. Por las veredas de Morón, el piberío busca las rendijas del sol y se organiza para conseguir algo que comer y compartir. Cambió el jefe de calle y entre varios es más fácil salvarse, porque no se sabe cómo viene la mano esta vez. Y por las vereditas de Ramos, yo mismo salí de la tristeza de casa cuando era chico, y allá por Cerrito y Garay, aprendí a jugar a la pelota en equipo y encontré la amistad del Gordo, enorme y para siempre.

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7 comentarios

  1. Qué lindo texto, Migue. Sin darme cuenta aterricé en la siesta y las veredas con acequias cantarinas de mi Guaymallén

  2. Qué hermoso Migue! Que comience con el verdor ganando terreno y que termine con la amistad enorme, a pesar de los pesares!
    Te queremos bochaaa!

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