junio 2, 2021
Terreno baldío
¿Aprenderemos, con el paso del tiempo, a sostener mejor los instantes que tenemos en la palma de la mano? ¿Sabríamos ser amistosos con las personas a nuestro alrededor, y con las demás formas de vida, de conocer íntimamente nuestro salvaje destino?
Toda la energía puesta aquí, en el tiempo que nos ha sido dado, sabiendo que luego sencillamente nos iremos a ningún lugar.

Post Beatles, Lennon compuso Imagine, canción-emblema de un hippismo desvanecido y que todos hemos escuchado al menos una vez, por más que no lo sepamos. Llevo un par de días tarareándola, sin un porqué, y de golpe me puse a pensar un poco más en esa letra y en el valor que hay que tener para escribirla. Valor, de coraje, no de que “se perdieron los valores”.

Y acá no me voy a poner a desmenuzar su prosa porque hacerlo sería demasiado torpe de mi parte. Lo que sí quería intentar, en cambio, es recoger el guante y seguir pensando en esto que nos proponía el amigo John, 50 años atrás. ¿Y qué pasaría si fuera cierto, lo que nos hace imaginar con su canción? Quiero decir, ¿cómo viviríamos, si supiéramos que no hay un paraíso que nos albergue después de aquí?

Hay que ser valientes para pensarlo, porque tampoco es que nos está hablando de ateísmo esa canción, que de última es una categoría que reconocemos y de la que nos podemos sujetar. No es una incitación al ateísmo universal lo que hay ahí, sino la invitación a imaginarnos la vida sin ninguna ilusión sobre lo que vendrá después. Toda la energía puesta aquí, en el tiempo que nos ha sido dado, sabiendo que luego sencillamente nos iremos a ningún lugar. El ateísmo es la respuesta intuitiva frente a las religiones que otros quieren endilgar. Lo que propone Lennon es que imaginemos un mundo en que ni siquiera las religiones han sido concebidas, y entonces no hay resistencias, ni tironeos, ni una necesidad de refutar.

Las primeras imágenes que dispara el videoclip de la canción, incluso antes de entrar el piano, muestran la silueta difusa de un hombre y una mujer que están tomados del brazo, caminando entre la bruma, rodeados de un paisaje natural. Se oyen sus pasos sobre la tierra y también el coro de las aves, y entonces sí, entra el piano con esa melodía inconfundible. ¿Cómo encontraríamos la calma, sabiéndonos definitivamente efímeros? ¿Aprenderíamos, con el paso del tiempo, a sostener mejor los instantes que tenemos en la palma de la mano? ¿Sabríamos ser amistosos con las personas a nuestro alrededor, y con las demás formas de vida, de conocer íntimamente nuestro salvaje destino?

Claro, el autor nos hace intuir con su canción las imágenes absurdas de la guerra, de invasiones y de exilios, y entre que cambia de diapositiva, con el pasar de las estrofas, nos va preguntando qué ocurriría, con esas fronteras, con las posesiones y las estériles distancias; en qué se transformaría la miseria humana, si nuestra existencialidad fuera irremediablemente así. Era el suyo un tiempo de grandes preguntas, y hoy quizás debemos lidiar con la sensación de que muchos de esos interrogantes han sido lastimosamente resueltos. Al hippismo sesentista, atrevido y cuestionador, le bajaron la persiana y lo pusieron de patitas en la calle. A laburar. Lo que vino después, el suelo corrido y el vacío insondable, las no-razones para luchar, no fue sencillo, y hoy estamos acá, viendo qué posters pegamos en las paredes de nuestra habitación.

Yoko Ono abre las puertas y las ventanas de un salón muy blanco, y las rendijas de luz que se cuelan desde el jardín van invadiendo de claridad ese espacio habitado. Lennon se ha puesto al piano. La niebla espesa se disipó y el paisaje se deja ver. Es un nuevo día. Tras abrir el grifo de luz natural, la mujer toma asiento justo al lado del pianista. Con la mirada desdibujada en los pinos recortados al fondo, escucha atenta su canción.

“Es fácil si lo intentás”, le canta Lennon, aunque probablemente no sea tan fácil como él quería creer. Pero intentémoslo: si no tuviéramos mandamientos que cumplir, porque no hay ninguna tranquera por cruzar después de aquí, ¿no nos sentiríamos más libres? ¿No andaríamos despojados? Ni siquiera me pregunto qué mundo habríamos construido, porque no hacen falta escenarios contrafácticos. La intriga es sobre cómo seríamos: ¿Le pondríamos más pasión, a las causas que nos convocan? ¿Nos tomaría el desgano, o tendríamos más garra para ponernos de pie? ¿Daríamos la vida por algo o ya no valdría la pena?

Leía, en una nota periodística sobre el recrudecimiento de la opulencia de Israel y la resistencia palestina, que un candidato al trono israelí declaró haber matado muchos árabes durante su vida, y que no veía en eso mayores inconvenientes. Medio Oriente tiene una herida sangrante, desde que se le incrustó de golpe un Estado artificial. Quizás no podamos hacernos una idea acabada de lo que Lennon nos propuso imaginarnos aquella vez. Lo que sí podemos constatar empíricamente es el escenario opuesto al descripto en la canción: qué es lo que pasa cuando la gente está convencida de que ese lugar existe; qué es lo que pasa cuando los pueblos sospechan que no todo el mundo cabrá en él; qué ocurre, cuando se alambra el edén y se libra una guerra santa para ver quién tiene el cielo más largo; qué ocurre con los que no consiguen entrar; qué pasa cuando se corre la bola de que son puestos a dedo, los patovicas del paraíso.

Alzás la vista y el cielo que ves no lo podés amoblar. Es nada más que eso: el cielo que ves. Y no es un secreto. Todo el mundo lo sabe. Y entonces, ¿qué? Bueno, hay una vida por vivir. Muchos días por delante para correr las cortinas de la casa y dejar que la luz del sol nos invada. El tiempo seguirá corriendo, por más que le quites las pilas al reloj. Pero está todo por hacerse. En este mundo, todavía está todo por hacerse.

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2 comentarios

  1. Notaza poética y para sentir imaginar vivir, así para mí en ese orden, con el orden anárquico y caótico del amor!!!

  2. Nunca más oportuna esta canción, mientras nos haya viviendo esta pandemia de puertas adentro y corazones cerrados porque no imaginan un mundo en que vos sos el otro.

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