marzo 25, 2021
La piedra y la mirada
Un montón de gente reunida frente a un monumento ilegal que había sido colocado allí por nadie, según registraron las cámaras del lugar, y un escultor entre la gente, absorbiendo tanto como podía sus genuinas impresiones, las que afloran precisamente en ausencia del autor.
Una mujer se quedó demasiado tiempo mirando el mar y no debe haberse dado cuenta en qué momento empezó a convertirse en piedra.

Una mujer se quedó demasiado tiempo mirando el mar y no debe haberse dado cuenta en qué momento empezó a convertirse en piedra. Tal vez el día que se sentó ahí, cerquita de la orilla, se conformaba con mirar las olas explotar contra el borde rocoso. Pero con el tiempo su mirada se le fue metiendo cada vez más en lo profundo, como un ancla desplomándose en ese azul amarronado. Y entonces ya no hubo día y noche para ella. Y entonces ya no tuvo más remedio que seguir incrustando indefinidamente su ser en la inmensidad que se le abría frente a sí.

Su cabeza ladeada sobre el hombro izquierdo le permite no dejar de mirar, mientras que con un brazo rodea sus rodillas, cosa de no perder el equilibrio y poder reafirmarse en la piedra que escogió de asiento. ¿Habrá sabido, esta mujer, que ella misma sería piedra? ¿Habrá sabido que de tanto esperar su cuerpo se petrificaría? Quizás fuera su cabello, que empezó a endurecerse de tanto golpearle el viento salado. Quizás hayan sido las plantas de sus pies, que se cansaron de tanta quietud y echaron raíces acordes con el terreno debajo.

Es una mujer sin nombre, según explicó su escultor tras ser localizado. Pero sí tiene edad, unos 25 años de vida. “Es una emoción con cuerpo de mujer”, que encalló de madrugada en la costa de Mar del Plata y ahí se quedó, mirando el mar para siempre. Luego, pasó lo que tenía que pasar: la presencia de esta sirena varada no pasó desapercibida por el centenar de vecinos que diariamente pasean por la zona, y entonces empezó a gestarse un boca a boca que atrajo a muchos curiosos más y que acabó por instalar en los principales portales informativos del país, el rumor de una escultura triste que había aparecido de la nada.

Colado entre la muchedumbre que se acercaba para apreciar a la mujer sobre la piedra, estaba Mario Magrini, autor de la obra y perpetrador de su repentina aparición en el espacio público marplatense. Pero estaba allí en calidad de nadie, porque lo que marcaba la realidad era que la ciudad había amanecido con una escultura emplazada frente al mar, y que las autoridades ya habían comenzado una campaña pública para dar con el autor y reglamentar una situación que no había seguido los carriles pertinentes. Y el escultor estaba allí, al borde de su creación, sin que alguno lo supiera, gozando de las mieles de un anonimato bien esculpido y dándose el lujo de oír de primera mano las cosas que su obra producía en los mirantes. Un montón de gente reunida frente a un monumento ilegal que había sido colocado allí por nadie, según registraron las cámaras del lugar, y un escultor entre la gente, absorbiendo tanto como podía sus genuinas impresiones, las que afloran precisamente en ausencia del autor. 

Mar del Plata se transformó de pronto en una postal de la Grecia Clásica, con su ágora frente al mar cargada de voces que ya no tenían nada malo que decir, porque alguien les movió el eje de la percepción. Almas ciudadanas gozando, cada una a su manera, de la delicia colocada, y el artista deambulando como un Sócrates tercermundista, pero sin mediar palabra porque la que hablaba allí era su emoción hecha mujer en la piedra. Él apenas disfrutaba de esas miradas que terminaban de tallar su escultura. Hombres y mujeres perdiendo un momento de sus vidas frente a una obra de arte, y un artista emocionándose por ese tiempo perdido que según como se lo vea también es tiempo ganado.

Un momento de libertad, desprovisto de enojos. Videos colgados en YouTube dan cuenta de la soltura que tiene la gente alrededor de la escultura. Sonríen y conversan. Las únicas grietas, allí, son las talladas por el escultor sobre la piedra, en su afán de que la gestualidad de la mujer concuerde con lo que él sentía en el momento de la creación. 

El tiempo dispondrá nuevas grietas, por la acción incesante de la intemperie y el mar. O no. Dependerá del trabajo de conservación que las autoridades marplatenses sean capaces de elaborar. Arte y política no están llamados a enemistarse. Se trata sencillamente de roles distintos, que están en relación con los trabajos y los deseos de las personas. Una obra de arte puede ser fruto de un alma solitaria en su atelier, pero es mejor todavía cuando se la pone en contacto con la vida pública de su comunidad. Miren sino el revuelo que se armó, porque un vecino decidió desprenderse de una escultura que había hecho 25 años atrás. No se cansó de ella. Por el contrario. Una amiga lo persuadió de hacer una acción artística y militante, como es el hecho de instalar una obra sin haber tramitado los permisos correspondientes. Y el hombre fue, solo en la madrugada, con el sudor de su frente, a terminar su obra. Y ahora Mar del Plata no es la misma. Algo pasó. El piso se movió, al menos por un instante.

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