marzo 25, 2021
Paisajes e infancias
Irma llevaba tiempo viviendo en el barrio Santa Marta, en Merlo, en una casa de cemento siempre a medio terminar, y añorando su ranchito de adobe y piso de tierra, mirando siempre el Paraná por la ventana de la cocina.
Disfrutar y aprender, cuidando el pedacito de tierra que nos prestaron, para quienes vienen detrás, a tratar de ser felices por un rato.

Gracias a nuestro trabajo con huertas y plantas, no solo pudimos vivir, mis cumpas y yo, sino que además viajamos mucho, conocimos gente maravillosa de los barrios más pobres del conurbano bonaerense y también de otras provincias del país. Con ellos aprendimos a cuidar la Pacha. En un tiempo, a las plantas las llamábamos “medicinales, alimenticias, textiles, tintóreas, melíferas”, según el uso que los humanos hacíamos de ellas. Después, entendimos que las plantas simplemente son, y afortunadamente están, creando y recreando vida. Si son utilizadas para mantenernos sanos o paliar enfermedades, incluso algunas muy duras, ahí ya es cosa nuestra, y es genial, pues de eso se trata este viaje: disfrutar y aprender, cuidando el pedacito de tierra que nos prestaron, para quienes vienen detrás, a tratar de ser felices por un rato.  

Parte de los proyectos que desarrollamos, fueron con la hermosa gente del Instituto de Cultura Popular (INCUPO) de Reconquista, en el norte de Santa Fe. Llevan más de cuarenta años rescatando la cultura de los pueblos originarios y campesinos del NEA, acompañándolos en sus luchas diarias por la salud y la alimentación y defendiendo con ellos sus derechos, cosa que les costó más de un desaparecido, en la época infame de la dictadura cívico-militar más sangrienta que hemos vivido. 

Allá conocí la historia que no me había enseñado la escuela sarmientina, sobre la persecución y la eliminación sistemática de niños, mujeres y hombres originarios, habitantes y cuidadores de extensos bosques, montes y estepas que, con mala leche, el poder llamaba “desierto”. Primero el sur y después el norte, explorados y barridos por cazadores con uniforme militar, “pacificando” millones de hectáreas llenas de vida, luego entre ellos repartidas y de cuyo fruto siguen apropiándose, descendientes y admiradores. Indios e indias, también fueron repartidos, mandados vivos a plantaciones, pueblos y ciudades para servir de mano de obra esclava. Los varones en yerbatales, tabacales, con suerte peones de campo. Las mujeres, bueno, mejor pensar que ocupadas en los quehaceres domésticos de estancias, mansiones y casas. “Mensú”, “criada” y “chinita”, son palabras que nos interpelan a través de canciones folclóricas, rescatando esos restos de una memoria marcada a fuego por los crímenes de lesa humanidad. En publicaciones tales como Memorias del Gran Chaco, podrán acercarse más a esta parte de la historia. Víctimas y testigos han perdido sus nombres originales, rebautizados según el cristianismo y ahora con raíz española. Sus calles y sus lugares, llevan con malicia el apellido de los infames cazadores.

Una primavera, viajamos con gente de algunos barrios de Merlo y de Marcos Paz, y nos fuimos a encontrar con otros grupos de Santa Fe, Chaco, Formosa y Santiago del Estero, donde desarrolla su trabajo la organización anfitriona, para intercambiar saberes y experiencias. Es la mejor estación para recorrer los campos y reconocer sus plantas mientras florecen estrepitosamente. Se buscaba con estos encuentros conectar gentes de diversas regiones, para seguir aprendiendo sobre las plantas, su conservación y buen uso para un vivir mejor. Visitamos localidades en cuyos montes perduran algunos manchones de selva, resistiendo con lo puesto el avance de los agronegocios

Fueron días de intensas salidas, paseos, ferias de intercambio y festejos que culminaron en una reunión multitudinaria para hacer la puesta en común. Recuerdo una de las consignas trabajadas en los talleres: cómo era el paisaje de infancia de los participantes, y de qué manera había ido cambiando con el tiempo. Y así fue que algunos se recordaron jugando desnudos en sus ríos y arroyos, otros acompañando a sus madres y abuelas a juntar plantas para comer y sanarse. Nunca una intoxicación, con esos remedios caseros. Una señora chaqueña, radicada en Marcos Paz, relató su infancia en la chacra de sus padres y contó que los indiecitos desnudos, saltando de rama en rama, se acercaban al límite del cultivo a pedirles azúcar y pan. Adriana, formoseña, criada por su madre campo adentro y con ocho hermanos, comparte su experiencia de haber crecido sana sin haber visto jamás un médico y un hospital. Quintana, un vecino de Santa Catalina, misionero guitarrero y cantor, rememoró el paico que su abuela le daba para curarle el empacho. Irma llevaba tiempo viviendo en el barrio Santa Marta, en Merlo, en una casa de cemento siempre a medio terminar, y añorando su ranchito de adobe y piso de tierra, mirando siempre el Paraná por la ventana de la cocina. Tristeza en los ojos de Teresa, santiagueña, mientras narraba cómo al morir sus padres, ella de doce y hermanas pequeñas, se les esfumó la infancia: repartidas como criadas a servir en casas de “buenas familias”, abusadas por patrones, niñas madres o madres niñas, al final se vinieron a buscar la vida a Buenos Aires. 

El espíritu de los relatos debe haberse traspapelado en los informes de alguna de esas agencias de cooperación con el tercer mundo. Pero nos quedan las memorias compartidas, y en esta crónica no hay nombres ficticios. Si los recuerdo, es porque nos seguimos teniendo. Hace muy poquito, de hecho, recibí un mensaje de Irma, contándome que por fin se había podido volver a su pueblito correntino, lejos del cemento, a orillas del río que ella quería.

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