julio 26, 2021
Narrar el duelo
No es tirarse en la cama y ver qué pasa. Sumergirse en la pena por momentos puede ser ineludible, pero la posta es que tiene que haber un proceso productivo y creativo, con la persona como protagonista. Para crecer y asimilar las pérdidas, hay que arremangarse y ponerse a trabajar.
Confiar en quien uno es, y apostar a que nuestra cabeza y nuestro cuerpo sabrán darnos una estructura necesaria para atravesar el dolor.

Según Freud, en el duelo normal -no patológico-, el sujeto que sufrió la pérdida del objeto debe realizar un trabajo elaborativo que implica esfuerzo, tiempo y energía psíquica. La libido -energía psíquica- debe retirarse del objeto perdido y poder encontrar nuevos objetos de libidinización.

En criollo y yendo al tema de la nota, frente a una separación hay que atravesar un proceso de duelo: proceso necesario -doloroso, de mucha angustia-, en que uno retira su energía de las conexiones con la persona amada y así se va desprendiendo del vínculo. De a poco, toda la energía se vuelve a colocar en el duelante, que necesita de esa energía y de todo un proceso de rearme, para bancársela con lo que hay a mano, recuperando lo que era previo al vínculo. Paulatinamente, esta nueva persona comenzará a conectar con lo que la moviliza hoy, ya sin el vínculo y sus lógicas.

Siempre me pareció magistral -y bien descriptiva- la película argentina No sos vos, soy yo (2004), que muestra detalladamente algunos elementos de este proceso. Javier (Peretti) y María (Villamil) se casan a las apuradas -más deseo de ella-, y a él se lo nota como en piloto automático, en una lógica de plancha. Significativo el diálogo post boda, que es más o menos así:

  • Él: ¿cogemos?
  • Ella: no, estoy cansada
  • Él: ah, bueno, yo decía porque como es nuestra luna de miel…

Es una escena graciosa, pero que transmite una lógica de aplanamiento en el deseo que define a la pareja. Luego, se la ve a María rezongar por las escasas oportunidades que se le presentan en el país. Al final, la mujer se manda a Miami, a tantear el terreno para que la pareja pudiera instalarse allá. Par de meses después, Javier está yendo para Ezeiza a tomar su vuelo -escena memorable- y recibe una llamada de María, que primero le plantea algunas dudas y antes de cortar termina confesándole que estaba teniendo una historia con otro tipo. Derrumbe total.

Comienza el duelo. Amigos que lo contienen, familia, terapia, vuelta a la casa de su niñez, etc. Todo lo que lo sujetaba en su mundo, construido durante su relación con María, se desploma. Con mucha angustia, transita el dolor, haciendo un trabajo de revisionismo, hasta que un día su amigo -que ya le había dado contención suficiente- le canta la justa: “Dejá de conectarte con tu dolor y capaz que podés empezar a conectarte un poco con el placer de la vida”. ¡Pum! Enojo, ira. Arranca otra parte del proceso: manotazos para vincularse otra vez con el mundo exterior, para crear lazos sociales: ¿cómo construir un mundo nuevo, sin María? Esa es la pregunta que se tiene que responder. La película termina como otras tantas: con el tipo más entero, habiendo hecho nuevos vínculos, posicionado desde otro lugar. El chabón pudo elaborar el proceso y cuando se da un reencuentro con María entiende que eso ya no va y que lo que necesita es una lógica más acorde a la persona que pudo descubrir -«que ayer no es hoy; que hoy es hoy; y que no soy actor de lo que fui»-.

Hace poco descubrí otro relato de un proceso de duelo, con la misma lógica freudiana, pero esta vez se trata de un libro (Los Llanos, Federico Falco, 2020). A diferencia de la película -que tiene guiños que la hacen entretenida y pochoclera, a pesar de narrar un proceso doloroso-, la novela está escrita con un estilo magistral y una visceralidad emocionante.

Es la historia de Fede, un escritor que atraviesa la ruptura de una relación -de movida no entiende cómo sucedió– y que decide alquilar durante un año una pequeña casa en el campo. ¿Por qué? Siguiendo con lo que decía Freud, el tipo se retira de ese mundo en el que todo se relacionaba con Ciro, su ex pareja. De nuevo, elaborar y ganar energía para la reconstrucción, conectando con cosas que durante su infancia lo habían hecho feliz. De chico, pasaba fines de semanas en la quinta de sus abuelos y aprendía mucho de huerta. Entonces el tipo va y se instala ahí. Durante todo un año, elabora su proceso, revisa su vínculo con Ciro -indicios, indirectas, errores, cosas que había preferido no ver– y mientras tanto se reconecta con su infancia, con lo lúdico de la niñez, coloca su libido en el desarrollo de las plantas -cuidados, frustraciones y avances en las siembras-, y en ese contacto con el mundo vegetal aparecen sutilmente detalles de su vínculo con Ciro.

Finalmente, igual que ocurrió con el protagonista de la película, Fede se encuentra con otro ser, aceptando con madurez lo que pasó durante su relación y agregándole ese reencuentro con aquel que, de alguna manera, había sido apartado de su vida.

Duelo patológico es otra cosa, porque implica que uno queda atrapado en este proceso. Lo cierto es que la mayor parte de los duelos necesarios, en el marco de un rompimiento, se desarrollan así, con diferentes intensidades, gravedades, tiempos, sabiendo que no es grato enfrentarse con estos procesos, angustias que a veces parecen infranqueables, pero poniéndole el pecho y entendiendo que no somos los primeros ni los últimos que sufriremos por un amor. Es muy importante también poder confiar en quien uno es, y apostar a que nuestra cabeza y nuestro cuerpo sabrán darnos una estructura necesaria para atravesar el dolor.

Tanto en el libro como en la película, queda claro cuán importante es el apoyo y la contención de los amigos -aún con sobresaltos y dificultades-, actividades de interés, terapias, etc. No es tirarse en la cama y ver qué pasa. Sumergirse en la pena por momentos puede ser ineludible, pero la posta es que tiene que haber un proceso productivo y creativo, con la persona como protagonista. Si nos ahogamos en el llanto, la historia se nos va a empezar a trabar, y ahí correremos el riesgo de bandearnos a un costado menos sano. Para crecer y asimilar nuestras pérdidas, hay que arremangarse y ponerse a trabajar.

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