febrero 6, 2021
«Miguel Ángel Giannattasio»
Miguel le saca charla a la gente de su barrio y le gusta pensar que así se pueden lograr cosas, desde abajo, trabajando la confianza en los demás como se trabaja la tierra y sembrando la organización barrial. Dice que una vez que se transgrede la barrera del “no te metas” no hay vuelta atrás.
Un par de vecinos lo habían acompañado en la quijotada, pero cuando hubo que meter el gancho en la denuncia quedó él solo.

Dos chiquitas se acercan a charlar con otra que tenía más o menos la misma edad. Se conocían de cruzarse por la calle. Habló la hermanita más grande, que tendría alrededor de cuatro. Dijo algo sobre el papá. La menor la escoltó en silencio, pero su cuellito lastimado también hablaba. Habrán pensado que la única forma de terminar con ese asunto era contándoselo a alguien más. “Y fijate a quién le fueron a decir, a una que era igual a ellas”.

Hasta ese momento era un rumor que corría por el barrio, pero la nieta de Miguel se ocupó de que toda su familia lo supiera. “Yo no soy de denunciar cosas en la Policía porque no me gusta la cana, odio los uniformes, pero esa vez me fui hasta la Comisaría de la Mujer que está acá, en Marcos Paz”. Cuenta que lo atendió un tipo y con eso lo dice todo: no le dieron cabida, le dijeron que no le podían tomar la declaratoria porque no era familiar directo y después le pidieron que vuelva al día siguiente. Miguel volvió y apenas olfateó que la historia iba camino a repetirse empezó a patear puertas y a agitar gente que estaba ahí por otras cosas. Que cómo puede ser que nos tomen por boludos. Que corre riesgo la vida de unas criaturas y acá nadie hace nada. Que esto no puede seguir así. La cosa es que los demás se le empezaron a unir, y al toque le mandaron una trabajadora social para que fuera al barrio, a ver qué estaba pasando.

Un par de vecinos lo habían acompañado en la quijotada, pero cuando hubo que meter el gancho en la denuncia quedó él solo. Todos sabían cómo venía la mano: “Después este chabón empezó a averiguar quién le había encajado la denuncia, y el anonimato es un verso, en la fiscalía te venden por dos monedas. Ya nos teníamos del barrio, pero de golpe nos cruzábamos y me llamaba con mi nombre completo: ‘Miguel Ángel Giannattasio’, me decía. Y está libre, nunca lo metieron en cana”.

Cuando terminó el secundario Miguel se fue para la Capital e intentó con Medicina todo lo que pudo. Probó tres veces, pero nunca se enganchó y se sentía un marciano por no saber qué carajo quería. Dos por tres se anotaba en un tallercito de cerámica, pero el laburo se lo comía y no sabía cómo hacer para zafarse de la encrucijada.

Habrá sido durante su segunda intentona, que le tocó compartir aula con una jovencita que se llamaba Rita. En esa época también se estilaba patear puertas, pero no era nadie tratando de hacer saltar ningún pestillo burocrático, sino gente con borcegos que andaba apropiándose del instrumento estatal y que afilaba la guadaña en los lugares donde confluía el piberío. “Teníamos compañeros infiltrados, pasaba de todo. Yo era un inconsciente porque andaba con barba y medio desprolijo. Con Rita nos estábamos conociendo y paseábamos mucho de noche. Tuve suerte, nunca me pasó nada”.

Miguel le saca charla todo el tiempo a la gente de su barrio y le gusta pensar que así se pueden lograr cosas, desde abajo, conociéndose, trabajando la confianza en los demás como se trabaja la tierra y sembrando con el tiempo la organización barrial. Dice que una vez que alguien transgrede la barrera del “no te metas” no hay vuelta atrás. “Esa nena, con el cogote marcado, para mí es mi nieta. Siento a los nenes como míos, porque son parte de este mundo de vida y yo los voy a defender. ¡Me meto! Antes me quedaba en el molde porque me dejaba ganar por la timidez, pero ya no. Si estoy viajando en colectivo y sube una mujer con un bebé, alzo la voz para que pueda tener su asiento. Es lo básico”.

No cree que sea política, esas cosas que él hace todos los días. Bah, no es que no lo crea. Es que se niega a entrar en el juego de las palabras y de las cuestiones dialécticas. Para Miguel, el tema es hacer o no hacer. Tan fácil como eso. Entiende que las palabras muchas veces son capciosas y aprendió que a la larga terminan presas en la canastita de mimbre del poder hegemónico. Sospecha que en ese juego tiene más para perder, y solito se corre. Él le conversa a la gente de su barrio y trata de arreglar los problemas que están al alcance de su mano. No lo vas a ver a Miguel tratando de manotear un manojo de llaves que abre una puerta que no sabe ni qué forma tiene.

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