agosto 7, 2023
“Es un chiste”
Y acá nos habíamos quedado: en el rol que juegan las instituciones públicas -las escuelas como punta de lanza-, en relación a una hegemonía cultural que pisotea las expresiones minoritarias emergentes, en vez de permitirles un lugar.
¿Cómo se alumbra la ignorancia? Con información, con tolerancia, con palabras amorosas.

Y, como quien no quiere la cosa, con la entrega de esta semana ya empezamos a transitar la mitad de nuestro viaje. A esta altura de la caminata, los puntos más importantes están sobre la mesa: la migración en sí no significa ningún problema, el problema es el migrante pobre; una familia migrante pobre, igual que una familia pobre argentina, tendrá que afrontar diversos obstáculos para tener una vida digna, con educación y trabajo; las adolescentes migrantes pobres, deberán responsabilizarse de las tareas del hogar y el cuidado de las infancias, anulando parcial o totalmente las libertades propias de esta etapa de la vida; la escuela pública, por acción u omisión, reproduce muchas lógicas de fuertes y débiles, eternizando la desigualdad social en detrimento de las minorías culturales, en lugar de promoviendo un terreno de convivencia plural.

Y acá nos habíamos quedado: en el rol que juegan las instituciones públicas -las escuelas como punta de lanza-, en relación a una hegemonía cultural que pisotea las expresiones minoritarias emergentes, en vez de permitirles un lugar. Subrayábamos la semana pasada el extraño empecinamiento que muchos docentes y directivos parecen tener, en el hecho de igualar las trayectorias diversas de todos los estudiantes que habitan el aula y el colegio, como si no alcanzaran a comprender que lo único que se logra, con esa pedagogía, es clausurar, o al menos inhibir, las manifestaciones culturales de las minorías que integran esos grupos. 

La cuenta es sencilla: si en un grupo de 20 alumnos, hay 17 niños locales y 3 cuyas familias provienen de provincias norteñas o de países limítrofes, lo que allí ocurra será producto de cómo el mundo adulto interprete esa diversidad y de los diálogos que genere con ella. Si la determinación política del establecimiento educativo es ignorar las diferentes trazas y trabajar como si todos los niños fuesen iguales, a la corta o a la larga se apagarán 3 voces. ¿Adivinen cuáles?

La no intervención de las autoridades de un colegio frente a las realidades que brotan en sus aulas, el hecho de pretender que no existen diferencias entre los niños y que entonces lo correcto es tratarlos a todos por igual, es el primer paso para reproducir y perpetuar las desigualdades sociales que las familias más empobrecidas padecen en el común de sus días. Una conducción que toma esa decisión es una conducción que, pudiendo laburar para transformar la realidad, elige lavarse las manos. Laissez faire, laissez passer: no es un problema institucional, en todo caso serán temas privados. Que se arreglen como puedan. A esto nos referimos, cuando hablamos de lógicas normalizadoras.

Gabriel Tórem decía que durante los días festivos vemos aflorar en las escuelas la danza y las comidas migrantes o regionales, mientras que en el resto del año lo que hay es un silenciamiento. Gabriela Liguori remarcaba la necesidad de trabajar con el mundo adulto, para que los vínculos entre los niños puedan florecer en paz.

Hoy, Beatriz Alor comparte su experiencia como integrante de un espacio, en la Universidad Nacional de General Sarmiento, que procura intervenir activamente para intentar llevar un poco de orden y de calma, allí donde ocurren situaciones de desigualdad o silenciamiento. “Orden”, no es una mala palabra. Por el contrario, la mayoría de las veces tiene que ver con alumbrar la ignorancia que puede existir detrás de una conducta discriminatoria o normalizadora. ¿Cómo se alumbra la ignorancia? Con información, con tolerancia, con palabras amorosas. Y hablar de “ignorancia” no coloca a nadie en un pedestal. La ignorancia es común al ser humano. Nadie nace sabiendo; todo se incorpora caminando, los frutos se recogen sobre la marcha.

Hay una frase que Beatriz escuchó demasiadas veces: “Es un chiste”. La pronuncian los adultos, en su afán de avalar las palabras o actitudes discriminatorias de sus hijos. “Están jugando”, es otra acepción posible para justificar lo injustificable. Los niños no tienen la culpa de nada. Son los adultos los responsables de construir un lugar mejor, más ajustado a lo que somos como personas, con toda esta diversidad a cuestas. A veces la línea es muy delgada, y por eso mismo hay que tener cuidado: perder el sentido del humor sería un error garrafal, pero tampoco debemos permitir que se lo pervierta, en nombre de cualquier cosa. 

La respuesta es tomar cartas en el asunto. Después discutimos cuáles son los caminos más acertados, para transformar la realidad. Pero, el principio elemental, es que no intervenir no será nunca la mejor opción.

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