febrero 8, 2021
Horas de camión
¿No hay mercados concentradores en las provincias? Claro que los hay, pero, por volumen de exportación y otros motivos más complejos, 1,5 millones de toneladas de frutas y hortalizas provenientes de 18 provincias llegan por año al Mercado Central de La Matanza.
Hay que reproducir la experiencia de los mercados centrales, pero con otra lógica.

Desconcentrar. Federalizar. No, no hablamos del DF, esa picante megalópolis mexicana. Miren. 90 días atrás, sumergidos como estábamos en el ritmo frenético de las postales fellinescas que llegaban desde Guernica, escribíamos esto:

“(…) y la explicación, también, de que un sachet de leche deba viajar mil kilómetros, y una lechuga 400, hasta llegar a la góndola. Incluso si hablamos de comercios que están a pocas cuadras de los lugares donde se produjeron. ¿Cómo es eso? Mirá: el productor local le vende al transportista, que se carga todo en el mionca y viaja durante horas, o un par de días, hasta el Mercado Central, en La Matanza, y desde ahí, el mismo producto puede ser adquirido por un almacén que está en la misma localidad del tambo donde se envasó esa leche, o del campo donde se cosechó esa planta de lechuga. Leelo dos veces, si querés, porque es demencial”.

Entre bueyes perdidos, hablábamos de la concentración de la tierra, del AMBA, del fenómeno metropolitano y de la cuestión estratégica vinculada a la logística y distribución de los alimentos en nuestro país. Días atrás, durante el lanzamiento de la Cámara de Productores de la Economía Popular (CAPEP), el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, expresó la necesidad de crear “300, 400 mercados centrales”. A su turno, el ingeniero Enrique Martínez, ex presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y uno de los tipos que más sabe sobre producción popular, comercialización, logística, entramados productivos agroindustriales, etc., le contestó que, al menos, por poquito que parezca, creara un par más. Uno por provincia, en el mejor de los casos. Pero, ¿400? 

Veamos. El sistema que describíamos en el primer párrafo, es apenas un rasgo de la radiografía del unitarismo productivo argento. ¿No hay mercados concentradores en las provincias? Claro que los hay, pero, por volumen de exportación y otros motivos más complejos, casi un millón y medio de toneladas de frutas y hortalizas provenientes de 18 provincias llegan por año al Mercado Central de La Matanza, en la Provincia de Buenos Aires. Es un auténtico monstruo, un coloso de la comercialización. Creado en el ’84, con Alfonsín, 10 mil personas ocupan diariamente sus 500 hectáreas: cientos de camiones, cientos de puestos de venta. Hoy es cogestionado por Nación, Ciudad y Provincia, y se supone que debe abastecer a un universo de casi 13 millones de seres humanos. Hasta ahí llega la papa y el zapallito del NOA, la mandioca y la chaucha del NEA, el espárrago, el alcaucil, la cebolla de verdeo de Cuyo, las lechugas patagónicas, y claro, todo lo que anda dando vueltas en el cinturón hortícola de Buenos Aires. 

Martínez propone una vía alternativa, para rehuirle a este summum del sinsentido nacional. Una vía que implicaría, también, una herramienta para combatir la inflación -dos pájaros de un tirazo-: en primer lugar, la creación de mercados municipales populares. Perate, porque si lo que se te viene a la cabeza son los carros amarillos de las Ferias de la Ciudad u otros parecidos, ya te digo que no, porque esos los manejan intermediarios y ahí no pinta un productor ni por asomo. Si decimos mercados populares, hablamos de centros de vínculo directo entre productores y consumidores, sin agentes intermedios, igualito que pasa en ¿Venezuela? No, je, en Chicago, Londres, Toronto y otras ciudades del primerísimo mundo. Se llaman “circuitos cortos”, y son mágicos. 

En segundo lugar, siempre según Martínez, hay que reproducir la experiencia de los mercados centrales, pero con otra lógica: si las vías férreas están centralizadas, si el puerto está anclado en su sitio, entonces bien, se trata de modificar todo lo que cuesta tiempo, para, al menos, comenzar a dar algunos pasos intermedios: ¿qué pasaría, por ejemplo, si la producción que viene del sur se vendiera en Bahía Blanca? ¿Qué pasaría si diéramos con un punto equidistante entre Mendoza y Buenos Aires, e incluso entre el NOA y el sur de Córdoba? Esta política de distribución de alimentos no solo abarataría los costos que son propios de la logística, sino que irradiaría en las zonas de los nuevos mercados con producción genuina y precios de referencia. De paso cañazo: daríamos un primer paso en el sentido de eludir este ritmo deshumanizante al que estamos tristemente habituados como sociedad.

No es que quiera meter el dedo en la llaga, pero, me interesa que nos podamos hacer una idea de cómo son las cosas: hoy día, ese camión que llega desde el norte hasta las manos y descarga su producción en el Central, ¿adiviná cómo regresa a su provincia de origen? ¡Vacío! Sí, V-A-C-Í-O. Y no me refiero al corte de carne, sino a ese adjetivo que denota que algo no contiene nada en su interior. 

​Nahuel Levaggi, actual titular del Mercado Central, se hizo un renombre con los verdurazos que coordinó, en Plaza de Mayo, Constitución y Once: acciones directas cuyo fin era denunciar la indignidad que sufrían los productores en el marco de las políticas macristas. En esta interesante entrevista, reflexionaba sobre la necesidad de federalizar la distribución y la comercialización, sin dejar de fortalecer el rol del Central: “Los mercados concentradores cumplen una función. ¿Cómo hacés, sino, para circular millones de toneladas por todo el país y abastecer a la población? Los mercados, además, deberían cumplir un rol de control bromatológico, que es algo que tenemos que promover para crear uniformidad en relación a los controles. Pero, en paralelo, pensamos que los pequeños productores de los cordones hortícolas deben tener acceso a circuitos cortos, que los conecten de manera más directa con el consumidor”.   

Lo dice tan fácil que dan ganas de hacerlo ya, antes de que termine la navidad. El desafío es el mismo de siempre: cruzar el umbral de la consigna y la dicotomía de la boludez, arremangarse, laburar y disponerse a superar con política y acción estos lastres argentos. Esa debiera ser la guía de la reconstrucción nacional. Por ahora, a subirse al camión nomás. Todavía falta un tirón de ruta.

Compartí

Dejar un comentario

Seguí Leyendo

Reciclar la economía

Hoy hablamos de reciclaje, y a esta altura del XXI ya podemos referirnos a esta actividad como un rubro o un subsector de la economía.

Pantalones de campana

Siempre habrá un relato en ciernes. Puede que sean endebles, pero siempre los habrá, intentando prevalecer.

Ciencia, cyborgs y mujeres

Un esfuerzo blasfematorio para construir un irónico mito político, fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo.

Reciclar la economía

Hoy hablamos de reciclaje, y a esta altura del XXI ya podemos referirnos a esta actividad como un rubro o un subsector de la economía.

Pantalones de campana

Siempre habrá un relato en ciernes. Puede que sean endebles, pero siempre los habrá, intentando prevalecer.

Reciclar la economía

Hoy hablamos de reciclaje, y a esta altura del XXI ya podemos referirnos a esta actividad como un rubro o un subsector de la economía.

Pantalones de campana

Siempre habrá un relato en ciernes. Puede que sean endebles, pero siempre los habrá, intentando prevalecer.

Ciencia, cyborgs y mujeres

Un esfuerzo blasfematorio para construir un irónico mito político, fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo.

El imperativo de la igualdad

A 9 años de la Ley de Identidad de Género, el foco puesto en cómo seguir construyendo una sociedad más justa e igualitaria.