diciembre 22, 2022
Las fiestas en paz
Camiones de bomberos con la sirena encendida, paseos entre una multitud más pequeña y más humana, escenarios montados para la ocasión y todos los niños del lugar desbordantes de alegría por algo que, probablemente, no comprendan del todo. Pero, la alegría es la alegría, se contagia enseguida y no siempre trae un manual de instrucciones.
Los jugadores ya desperdigados, convertidos otra vez en personas, llegando a sus lugares de origen y siendo recibidos como héroes.

Pujato es un pueblito al sur de Santa Fe, prácticamente en la espuela de la bota, si uno observa en un mapa el contorno de la provincia. Zoomeando un poco sobre Google Maps, podemos tranquilamente contar las manzanas que componen el lugar. La ruta 33, que nace en la circunvalación rosarina y luego de 800 kilómetros de campo va a morirse a Bahía Blanca, tajea la geografía de Pujato y la divide en dos, como pasa con una inmensa cantidad de pueblos a lo largo y ancho del país: al sur, son 4 cuadras, y allí se encuentra, por ejemplo, el Club Atlético Pujato; al norte, cruzando el Boulevard Colón, son 4 más, y allí están el Vivero Tarquini, el Centro de Kinesiología y Estética de Vanina Brunelli y la empresa Transporte Logisur SRL. El censo de 2010, la última actualización disponible, arroja cerca de 3700 habitantes.

Pero Pujato es enorme al lado de Calchín, un pueblito sobre la ruta 13 cordobesa, a una hora de viaje desde la capital. Sus habitantes en 2010 no pasaban la barrera de los 2500. A diferencia de Pujato, que se parte parejo a ambos lados de la ruta, Calchín parece desmoronarse al sur, como si en la 13 hubieran clavado un clavito y el pueblo fuera un cuadro que se sostiene sin mayor esfuerzo. Al norte, solitaria se la ve a la calle Rivadavia. En la otra orilla rutera transcurre toda la vida pueblerina: allí están el Monumento al Bicentenario de la Patria, la Municipalidad, el supermercado Turín, las motos de carrera de Fernández. Al fondo, prácticamente sobre el borde inferior del cuadro, el Club Atlético Calchín.

Es tentador, aunque imposible, tratar de imaginar cómo se siente y cómo se vivencia un partido del mundial en las diversas geografías de nuestro país. País increíblemente generoso en relación a sus tierras y a la diversidad de paisajes que lo componen. No vamos a decir que debe ser uno de los más hermosos del mundo, porque después nos tildan de engreídos -pero lo es-. Recuerdo haber estado en Iruya, provincia de Salta, una vez que jugaron Boca y River. Partido de verano, ni siquiera por los puntos. Recuerdo los pibitos del lugar, cordoneando los bares del pueblo, echando miradas furtivas al televisor, distrayéndose con otras cosas, unos vestidos de River, otros de Boca, todos inevitablemente amigos.

En las grandes ciudades se producen otros niveles de emoción, aparentemente ambiguos: de un lado están las multitudes incontrolables, cubriendo el espacio público de maneras asombrosas. Luego, filmaciones de los edificios vacíos, que parecen no decir nada, pero cuyo sentido emerge en cuestión de segundos, cuando miles de gritos de gol entran en erupción en gargantas anónimas, invaden el éter y te erizan la piel. La ciudad es un poco eso: una explosión de estímulos, visuales, sonoros, y una mezcla infinita de sensaciones, nostalgia, alegrías, impulsos, incertidumbre, extrañeza, soledad, qué sé yo. 

Dos días atrás nos sorprendía el colapso que se produjo en Buenos Aires, en el intento de millones de personas de acercarse hasta los jugadores para celebrar con ellos la Copa del Mundo. Ayer llegaban a cuentagotas otro tipo de imágenes: los jugadores ya desperdigados, convertidos otra vez en personas, llegando a sus lugares de origen y siendo recibidos como héroes, pero ya no por un pueblo indescriptible, sino por su gente, nombres y rostros que a ellos les resultan familiares. Es como si un rompecabezas se hubiese completado, después de tantos años intentándolo, y una vez consumada la proeza, volviéramos a guardar las piezas en una caja. La magia terminó. 

Pujato se viste de fiesta para recibir a su héroe, Lionel Scaloni. Calchín se viste de fiesta para recibir al suyo, Julián Álvarez. Camiones de bomberos con la sirena encendida, paseos entre una multitud más pequeña y más humana, escenarios montados para la ocasión y todos los niños del lugar desbordantes de alegría por algo que, probablemente, no comprendan del todo. Pero, la alegría es la alegría, se contagia enseguida y no siempre trae un manual de instrucciones.

Un fin de año impensado, un pueblo impregnado de la felicidad más grande que se nos podía ocurrir. Un vaso de agua fría para un montón de gente que estaba muerta de sed, un momento propicio para tratar de entender que no hace falta andar tirándonos de los pelos entre gente que más o menos nos ganamos la vida laburando. Esta vez, pasaremos las fiestas en paz, y ojalá que algo de esto perdure.

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