abril 1, 2022
40 islas, 40 guerras
Lo importante, en estos días, es homenajear a los 649 soldados argentinos que murieron en Malvinas y a todos los pibes que cayeron después, por no poder hacer pie. Evoquemos, de paso, esta frase que escribieron en un cartelito nuestras Madres y que levantaban frente a las cámaras con dolor mientras circulaban en la Plaza: “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”.
Una independencia que nunca será completa mientras flamee la bandera británica en nuestras tierras del sur.

Se cumple un nuevo aniversario del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. Pero no es uno más: la aguja marca 40 años. Se trata de una herida que sigue siendo difícil de cicatrizar, una historia que nos niega soberanía y una independencia que nunca será completa mientras flamee la bandera británica en nuestras tierras del sur. 

Es difícil, pero también necesario, hablar de Malvinas más allá de la guerra: de su desarrollo histórico previo a 1982, de las escenas de ocupación, de resistencias y gestas heroicas como “el operativo Cóndor”. Acá intentamos problematizar los hechos, sin anclar la mirada en las razones geográficas e históricas, repensando Malvinas desde el hoy, con un marco diferente, sabiendo que son otras condiciones a la hora de avanzar en políticas de Estado que incluyan la soberanía territorial. Y esto no implica dejar de hablar de la guerra, de nuestros soldados-héroes y de nuestras heroínas enfermeras. Tampoco implica, desde luego, dejar de señalar la responsabilidad de la cúpula castrense canalla, que cometía crímenes de lesa humanidad acá en el continente y allá en las islas. 

Año 1982, sexto al hilo de una dictadura militar, corporativa-empresarial y eclesiástica que mostraba cierto desgaste en el ejercicio del poder. La Guerra de Malvinas asomaba como un manotazo de ahogado de la Junta Militar para recuperar niveles de consenso en la sociedad civil. A la postre, fue el más visible de sus fracasos porque evidenció torpeza y desorden en lugar de solvencia y aptitud en la más específica de sus funciones: la militar. La crisis de hegemonía de los sectores dominantes recrudecía consolidando el quiebre representativo. Ya no habría marcha atrás. Las movilizaciones populares que acompañaron a la Guerra de Malvinas (“poros por los que respira un cuerpo social oprimido por el Estado terrorista”, en palabras de Juan Villarreal) eran un síntoma de esa ruptura de los lazos y telón de la dictadura. La marcha “Pan, Paz y Trabajo”, solo tres días antes de que las tropas argentinas desembarcaran en suelo malvinense, es el punto culminante de una serie de manifestaciones que ponen fin al miedo y al consenso social que había sido elaborado en los tiempos previos al golpe de Estado de 1976. 

La percepción nublada de la dictadura, conducida entonces por Leopoldo Galtieri, explica la decisión de emprender una guerra que la razón desalentaba, intentando instrumentar de manera política a las clases subalternas. Vaya paradoja: un lugar emblemático de las movilizaciones populares que habían rescatado y celebrado a Perón; el caos plebeyo del 25 de mayo de 1973, que terminó de alinear a la cúpula militar para intervenir sin contemplaciones en la arena política; un pueblo y una plaza que urticaron históricamente al poder concentrado y que fueron el blanco de un proyecto político, económico y social genocida que se propuso cambiar la mentalidad del país; y este rodaje final de un gobierno militar sin ideas y con el caballo cansado, que en la última curva solo atinó a usar las tácticas populistas y demagogas que denostaba, para invocar al pueblo que persiguió, con todos sus demonios a cuestas. Solo así podemos comprender las Plazas del ’82: la del 30 de marzo y la del 2 de abril, tan parecidas y tan distintas a la vez. 

Ahora bien, el uso que de la causa Malvinas quiso hacer la Junta Militar genocida no inhabilita el reclamo justo e histórico de nuestro país por su soberanía: reclamo que no debe sucumbir frente al falaz argumento de la derrota militar (el derecho de conquista caducó hace mucho tiempo). El respeto a la unidad e integridad territorial, la soberanía e independencia, es la piedra basal del derecho internacional, y en esa dirección avanza Argentina en cada cumbre o asamblea global que se le presenta. 

El conflicto ruso-ucraniano nos sirve para corroborar la doble vara que prima en estos organismos internacionales. Una guerra que se ha desatado hace 8 años, pero clausurada en la agenda mediática hasta este 2022. Nos podríamos preguntar: ¿Por qué será que Estados Unidos e Inglaterra han apoyado el referéndum de los kelpers sobre las Islas Malvinas, en 2013, pero apenas un año después decidieron rechazar el que establecía la adhesión de la península de Crimea a Rusia?

Sobran elementos para deducir que las guerras son más importantes cuando ocurren en Europa, que hay refugiados de distintas categorías de acuerdo a su fenotipo, y que el respeto a la unidad e integridad territorial varía según quiénes sean los países implicados. No es un asunto de buenos y malos: ese es un simplismo que obtura la comprensión de una realidad inevitablemente más compleja. Una guerra debe ser leída a la luz de los intereses que están en juego y de la geopolítica puesta en contexto. 

Lo importante, en estos días, es homenajear a los 649 soldados argentinos que murieron en Malvinas y a todos los pibes que cayeron después, por no poder hacer pie. Evoquemos, de paso, esta frase que escribieron en un cartelito nuestras Madres y que levantaban frente a las cámaras con dolor mientras circulaban en la Plaza: “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”.

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