marzo 25, 2021
A la altura de lo esencial
El retorno a la presencialidad implica más que abrir la puerta de las escuelas. La vuelta a las aulas nos abre infinitas posibilidades, pero proclamar la esencialidad del derecho a la educación es también defender condiciones de trabajo dignas.
Como la educación es esencial, lo primero que nos preguntamos hace un año fue qué hacer con las escuelas.

Lo esencial es invisible a los ojos, decía el Principito, que seguramente no había tenido que debatir la esencialidad en cada aspecto de la vida cotidiana en medio de una pandemia.

Cuando se puso en juego la esencialidad nos cachetearon debates de tinte ideológico. He llegado a leer sentencias morales vinculadas a la salud, la economía y la educación para las que yo, en lo personal, no estoy preparada. Sobre la mesa traté de poner todo lo que había dado por sentado. Y lo esencial, al final, era bastante más terrenal. El problema es que, muchas veces, era invisibilizado.

Diré algo que debería resultar menos complejo de lo que parece: si la salud es esencial, nuestros reclamos más básicos deberían orientarse, en primer lugar, a la existencia de hospitales que cuenten con la infraestructura y los recursos necesarios. El sentido lógico en mi cerebro me indica que es difícil hablar del derecho a la salud si no partimos del acceso al equipamiento necesario, medicamentos y profesionales con un salario digno. No basta con tener los hospitales abiertos. Algo así planteó la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva, en el pico de la pandemia, cuando explicó que los recursos humanos no podían multiplicarse de la misma manera que los recursos materiales y que también eso formaba parte de lo que debía considerarse a la hora de pensar en la capacidad de acción. Todo debe ser tenido en cuenta a la hora de planificar una respuesta en este contexto. 

La educación es esencial. Como docente, jamás podría decir lo contrario. Y no hablo de la esencialidad “de moda”, esa que Horacio Rodríguez Larreta y Soledad Acuña ponen en función de la palabra “servicio” y solo es utilizada como excusa para ir en detrimento de otros derechos. Ese engaño discursivo es poco honesto. Como derecho humano, la educación es esencial: esta premisa me acompaña desde hace muchos años y no estoy dispuesta a seguir regalando conceptos sin mayor profundización.

Como la educación es esencial, lo primero que nos preguntamos hace un año fue qué hacer con las escuelas. Con el diario del lunes, puede pensarse que la suspensión total de actividades fue anticipada. ¿Algune recordará el miedo y la incertidumbre que sentíamos mientras llegaban números de otros países? Recuerdo las calles vacías y pienso que el “¿qué hubiese sucedido si…?”, nos obliga a hacer historia contrafáctica. En ese momento no sabíamos. 

En el ámbito educativo, un primer objetivo pareció estar más claro: mantener la continuidad pedagógica. Esto implicaba, principalmente, generar acciones que garantizaran que los lazos entre la escuela y les estudiantes se sostuvieran. Sostener el vínculo, vía remota y en un contexto de emergencia para el que no estábamos preparades fue, entre otras cosas, que la escuela estuviese ahí como pudiera. Esta acción, determinada principalmente -aunque no exclusivamente- por las condiciones materiales, tomó múltiples formas. La desigualdad social no es una novedad, y en muchos casos eso se tradujo en que no pudiese garantizarse plenamente el derecho a la educación. Les docentes problematizamos y denunciamos constantemente esta situación, exigimos recursos y herramientas, nos involucramos. Conocemos la realidad de nuestres estudiantes y sus familias, y sabemos muy bien en qué condiciones trabajamos a lo largo del último ciclo lectivo. 

Clases virtuales, indicaciones por WhatsApp, llamadas telefónicas, actividades vía mail, cuadernillos impresos, entrega de bolsones, colectas, recorridos por las casas, militancia en comedores populares. Con la voz quebrada, y después de un año de destrato y humillaciones, les docentes repetimos que trabajamos todo el año. Y no alcanzó, siquiera, con realizar nuestro trabajo; también debimos encargarnos de visibilizarlo: responder y estar a la altura de las circunstancias y de las muchas expectativas que fueron depositándose en la escuela, en pleno contexto de emergencia, y que nosotres sabemos que poco tienen que ver con el interés genuino de la cotidianeidad. Interés que, en todo caso, también debiera verse traducido en inversión, presupuesto, salario y más acompañamiento. 

A un año de la suspensión de clases presenciales quizá podríamos celebrar la renovada revalorización de nuestras múltiples funciones. Les docentes no solo nos formamos para trabajar en el aula determinados contenidos; también hablamos de los modos de enseñanza, incursionando en debates sobre pedagogías y didáctica; acompañamos complejos procesos de socialización, registramos distintos tipos de violencias, ponemos en marcha protocolos y sostenemos, en muchos casos, la política de cuidado que muchas familias trabajadoras necesitan. Algunas de estas funciones exigirán mayor discusión que otras, pero este tiempo ha venido a poner de manifiesto que todas estas concepciones sobre nuestro trabajo están presentes en el imaginario social. ¿Cómo podríamos ser, entonces, les mayores enemigues de esa necesaria escuela que construimos y en la que ponemos el cuerpo todos los días?

En las últimas semanas nos reencontramos con las aulas. La recuperación de parte de nuestro trabajo real nos hizo felices. Volvimos a descubrirnos en el diálogo cotidiano y en la risa cómplice con les pibes, y nos vimos recopilando anécdotas derivadas de nuevas normas de seguridad que, muchas veces, tampoco logramos entender. Confirmamos, otra vez, que les pibes transgreden y avanzan. 

Sin embargo, también nos encontramos, en soledad, con el peso de tareas que jamás fueron propias de nuestro trabajo, y cargamos con las tensiones que genera la implementación de un protocolo que no elaboramos y que desconoce la realidad de nuestras escuelas. Entre otras cosas, nos vimos explicando que asumimos responsabilidades frente a las distintas medidas que dictaminan autoridades ministeriales. Aunque muches no lo crean: no nos hemos formado para ser vigilantes. La escuela que nos recibe hoy está lejos de ser la que queremos: es la escuela que existe en el medio de una pandemia que todavía no terminó

El derecho a la educación es esencial. El retorno a la presencialidad exigía, por eso mismo, mucho más que una campaña improvisada de discursos mediáticos y videos en tik tok. ¿Cómo puede hablar de la esencialidad de la educación, un gobierno que, en pleno contexto de emergencia, aprobó el presupuesto educativo más bajo de la última década? 

En CABA, la presencialidad nos encontró con escuelas que, después de un año, no habían sido debidamente acondicionadas. Aulas en las que no puede cumplirse el distanciamiento o que no disponen de la ventilación necesaria, algo que conduce a la implementación de esquemas de alternancia entre modalidades y horarios que dificultan la organización de la comunidad educativa en general. Falta de insumos y recursos, desborde de tareas de planificación sin acompañamiento de las autoridades políticas, protocolos e indicaciones que se contradicen con los anuncios mediáticos, derechos laborales completamente avasallados: la lista es interminable. 

El sistema educativo no puede depender de las voluntades individuales de cada establecimiento. Deben estar a la altura las autoridades responsables de responder con políticas educativas. Reclamar por el retorno a la presencialidad siempre implicó más que exigir que se abriera la puerta de las escuelas. La vuelta a las aulas nos abre infinitas posibilidades, pero, recordemos esto: proclamar la esencialidad del derecho a la educación es también defender condiciones dignas que garanticen que la escuela pueda volver a ser ese espacio de encuentro y de construcción de aprendizajes que tanto anhelamos.

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