junio 18, 2021
Botellas de sol
No sé cuántas cabezuelas juntamos, pero sí que eran muchas, tantas como para preparar cinco litros en una damajuana verde, ventruda, hermosa con su protección de mimbre. Lo que sí recordamos es que el límite nos lo pusieron las abejas, que justo esa tarde, mientras juntábamos flores, se les dio por recoger polen y néctar de Diente de León.
Regresaron, cada una con su botella, para llevarse consigo un poco de sol provinciano, hasta su barriada del Bajo Flores.

De todas las cosas que hemos aprendido a preparar con Rita, mi cumpa de esta vida, siempre relacionándonos con plantas saludables para el buen vivir, una de las más ricas que recuerdo fue el vino de flores de Diente de León. La aprendimos leyendo, pero no en los libros científicos de botánica, tampoco en los recetarios medievales de cocina. No fue en las geniales historias de plantas con que suele deleitarnos nuestra amiga Adriana Marcus, que dimos con esa receta, ni en la “Ciencia en Alpargatas” que escribió Pata, de Mallín Ahogado, antes de irse vaya uno a saber a qué lugares nuevos. Vino rubio, resplandeciente, muy parecido al de las misas, néctar de dioses humanos, dulce como el que se afanaban mis amigos del colegio San José de Morón y claro como el que se tomaba a escondidas Marcelito Cepillo, improvisado monaguillo de la parroquia Mater Dei, allá en mi viejo barrio de Ramos Mejía.

Algunos se van a acordar: “Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en la cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad, y que ésta era la madrugada primera del estío”.

Sí, claro, fue el mismísimo Ray Bradbury, que nos regaló El Vino del Estío. Con sus recuerdos de infancia, nos llenó de deseos, por dentro y por fuera, de su sol veraniego. Maestro amoroso de escritores, prodigioso autor de las Crónicas Marcianas, El País de Octubre y El Hombre Ilustrado -me acuerdo de la película como si la estuviera viendo ahora, con un Rod Steiger que, excedido de peso y todo, la protagonizó de mil maravillas-.

En su libro luminoso, el viejo Ray se transformó en Douglas Spaulding, su otro yo niño: uno que soñaba con la Máquina del Tiempo, y también con la Máquina de la Felicidad, y que acompañaba a su abuelo a recolectar ocho mil flores amarillas de sol. Mil anécdotas amuchadas, en sus tres meses de un estío inolvidable. No sé cuántas cabezuelas habremos juntado, con Rita, porque nunca las conté, pero sí que eran muchas, tantas como para preparar cinco litros en una damajuana verde, ventruda, hermosa con su protección de mimbre. Lo que sí recordamos es que el límite nos lo pusieron las abejas, que, justo esa tarde, mientras juntábamos flores, se les dio por recoger polen y néctar de Diente de León. Vale la pena que lo digamos: las abejas se abocan estrictamente a una variedad de flores por vez, guiadas por la temperatura, por la luz y especialmente por las mismas plantas, que les dicen, con olores, bailando en la brisa, que ya están listas para ofrecerles los tesoros secretos de su fecundidad. Y fue así que nosotros decidimos interrumpir nuestra cosecha, aprendiendo del ciclo de vida y tomando lo que la Pacha nos da.

Preparamos el vino, con cuatro jarras rebosantes de flores, que trasvasamos en la damajuana. Le agregamos cinco litros de agua hirviendo, y ahí comenzó la magia. Tres días después, incorporamos dos kilos de azúcar, cincuenta gramos de levadura de cerveza, jugo y ralladura de un limón de absoluta confianza, sin plaguicidas, y al final una taza de uvas pasas. Dejamos macerar otros tres días y filtramos el líquido en una segunda damajuana, que tapamos enseguida con un trapo limpio. Durante un mes entero, la dejamos fermentar. Al cabo de esos treinta días, envasamos el vino en botellas escrupulosamente limpias, las encorchamos y nos dispusimos a esperar durante seis meses. Y entonces sí, bebimos y celebramos, a la memoria del viejo Ray.

“Subía aquí, por la oscura escalera de caracol, hasta la cúpula de los abuelos, y en esta torre de brujo podía dormir con truenos y visiones, y despertar antes del cristalino tintineo de las botellas de leche, para celebrar su ritual mágico. De pie, ante la ventana abierta en la oscuridad, Douglas aspiró profundamente y sopló. Las luces de la calle se apagaron como velas en una torta negra. Sopló una y otra vez, y las estrellas empezaron a desvanecerse. Sonrió”.

Y entonces, a bordo de una combi blanca, llegaron las visitas a Marcos Paz. Eran las doñas de la comunidad boliviana de Charrúas, frente a la Ciudad Deportiva del Glorioso Ciclón, donde Rita animó durante muchos años un taller de plantas medicinales, recuperando saberes ancestrales y preparando con las vecinas del lugar medicamentos naturales, ahí en el Centro de Salud Comunitaria 32, mejor conocido como el “Laberinto de Ángeles”. No vinieron con las manos vacías. Trajeron asado, pan y bebidas, aparte de las plantas silvestres comestibles que ellas mismas habían cosechado para hacer las ensaladas. Esa tarde, recorrieron nuestro barrio, acá en Marcos Paz: reconociendo los distintos yuyos que iban encontrando por el camino, juntaron flores de glicina de la casa de Yoli y Quintana, y prepararon muchos litros del espirituoso licor de la primavera.

A los meses regresaron, cada una con su botella, para gozar otra vez de estar juntos y llevarse consigo un poco de sol provinciano, hasta su barriada del Bajo Flores. Y así fue que volvimos a aprender de las plantas, que nos cuidan, nos nutren, nos sanan, nos alegran, y que, como si todo eso fuera poco, también nos hermanan con otras gentes, que al final de los tres meses terminan siendo nosotros mismos.

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10 comentarios

  1. Bello y mágico relato! Me transportó a esos días y a esas lindas personas que fueron parte de tan maravillosos encuentros. Gracias Miguel por traerlas nuevamente!!!

  2. Qué lindo es leer que la sensibilidad por la naturaleza, su cuidado y al mismo tiempo, disfrute de ella se siga difundiendo. Me impacto el entrañable deseo por recordar esos momentos de vivir ligado a la naturaleza. Un placer leerte Miguel!

  3. Hermoso relato, Miguelito! Momentos mágicos donde confluyen en Marcos Paz, la Pacha, la sabiduría ancestral, Ray y sus abuelos, las chicas del Bajo Flores, Miguel y Rita, para celebrar la vida como corresponde y seguir aprendiendo. Me imagino que había conductor designado

  4. HERMOSO MIGUEL Y RITA UNO NO SE HOLVIDA DE LAS RAISES .Y RECUERDOS .Y SIEMPRE SE APRENDE .ME GUSTO HABER PODIDO LEERLO CON MUCHO CARIÑO .

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