febrero 8, 2021
Mejor hablar de ciertas cosas
Feminismo, sororidad, deconstrucción, inclusión, lenguaje, género, identidad: estos y otros conceptos en el aula, reflejan el ritmo vertiginoso de los tiempos que corren. Sin embargo, la ley de educación sexual sigue sin trascender la enseñanza de la genitalidad y los métodos anticonceptivos.
Los límites a la ESI no son solamente morales o religiosos, sino profundamente individuales: repensarnos es difícil y doloroso.

Luego de dos años, el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo llega nuevamente a la Cámara de Diputados. Será el primer debate parlamentario presencial, desde que se declaró la pandemia, y a les trabajadores de la educación nos encuentra pisando el final de un ciclo lectivo particular, que se está cerrando con fuertes debates sobre adoctrinamiento, la política en las aulas y los diseños curriculares. Ante el avance de consignas tales como “con mis hijos no te metas” y “con los chicos no”, les docentes reafirmamos nuestro compromiso con el derecho a decidir, en el marco de una Educación Sexual Integral. 

El pañuelo verde pasea en mochilas, cuellos y muñecas. La “revolución de les hijes” se ve reflejada en miles de pibas y pibes que tomaron la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito como bandera. El debate se instaló en medios de comunicación y cenas familiares. La escuela no fue una excepción: “Profe, ¿qué es el aborto? ¿Estás a favor o en contra?”. En tanto, quienes se postulan “a favor de las dos vidas” sostienen que, tratándose de una práctica ilegal, el debate en las aulas constituye un acto de incitación al delito. La clandestinidad pareciera querer asentarse, con argumentos que niegan la realidad de muches de les pibes que transitan los pasillos de sus escuelas sin encontrar allí la garantía de ese derecho básico, que es la educación.

En octubre de 2006, con la sanción de la Ley N° 26.150, se conformó el Programa Nacional de Educación Sexual Integral. El acceso a una educación sexual que articule “aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos”, en establecimientos de gestión pública y privada, es un derecho y una obligación. El objetivo de “procurar igualdad de trato y oportunidades para varones y mujeres”, a partir de la inclusión de una perspectiva de género, supuso un punto de inflexión frente al biologismo tradicional de nuestra formación escolar. Era el cauce de una creciente denuncia de la desigualdad que había en las relaciones de género, entendidas como relaciones de poder.

Feminismo, sororidad, deconstrucción, inclusión, lenguaje, género, identidad: la presencia de estos y otros conceptos en el aula, refleja el ritmo vertiginoso de los tiempos que corren. Sin embargo, catorce años después seguimos denunciando las limitaciones que encontramos en la aplicación de una ley de educación sexual que trascienda la enseñanza de la genitalidad y los métodos anticonceptivos. 

Los límites a la ESI no son solamente morales o religiosos, sino profundamente individuales: repensarnos es difícil y doloroso. La concepción integral de la educación sexual nos tensiona porque nos obliga, a les adultes, a volver a reflexionar sobre lo que habíamos aprendido en relación a las sexualidades, lo que reproducimos de forma consciente e inconsciente, las violencias que ejercimos y las que ejercieron sobre nosotres. La ESI seguirá encontrando resistencia en las escuelas mientras les docentes no aprendamos a reconocernos en la angustia y en la alegría que atraviesa a les estudiantes, y mientras no nos permitamos problematizarnos a través de elles. 

En todo este tiempo escuchamos cosas que nos obligaron a preguntarnos qué vínculos podrían establecerse entre la ESI y el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos: ¿cómo construimos una educación que rompa con las equivalencias sociales que parecieran seguir existiendo entre las ideas de placer sexual, gestación y maternidad? Si el aborto está permitido en casos de violación, como defienden muches, pero condenado cuando se practica por libre elección de la gestante, entonces se pone de manifiesto que la condena recae sobre el deseo y el placer de la libertad sexual, principalmente de las mujeres. Retomo la pregunta: ¿cómo construimos, desde las aulas, una sociedad que piense a la maternidad no ya como un castigo, sino como un deseo? Muchas mujeres anhelan ser madres y no pueden, es cierto, pero muchas que sí pueden no sienten el deseo. ¿Cómo batallamos, entonces, la idea de que la maternidad es un derecho, pero no es una obligación? 

En la escuela, muchas veces, se consolidan mandatos sociales, y les educadores, en nuestra práctica cotidiana, transmitimos permanentemente las ideas que tenemos sobre la manera en que debemos comportarnos, en función de los diferentes roles. En una sociedad que no consigue romper el statu quo en relación a la desigualdad entre géneros, la idea de “realizarse como mujer” seguirá ligándose con el mandato de la maternidad. En ese marco, un cuerpo gestante que toma la decisión de interrumpir un embarazo, representa la ruptura. La discusión sobre el aborto como hecho social, apartado de las valoraciones ideológicas y religiosas de cada individuo, nos obliga a desnaturalizar estas representaciones dominantes sobre lo que debemos ser y nos presenta la difícil tarea de repensar las bases del acto educativo. No se trata ya de sostener una educación que inserte en la sociedad, sino de construir una educación crítica que contribuya a la emancipación y al empoderamiento de les niñes. La construcción de la educación popular involucra una idea que genera resistencias, pero que debemos rescatar: en muchas ocasiones, les estudiantes nos pueden enseñar; si las sabemos identificar, entonces estaremos aprendiendo de elles.

Pensar el aborto dentro del aula nos incomoda, porque viene a cuestionar mucho de lo que creíamos preestablecido. Nuestra única certeza es el desafío al que nos enfrenta este momento histórico: abrir el camino a una educación que funcione como una herramienta para repensar y reafirmar nuestros derechos. En las calles demostramos que la disputa por el reconocimiento de la soberanía sobre nuestros cuerpos es legítima y fundamental. Más temprano que tarde venceremos y, sabemos que… ¡será ley!

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