diciembre 7, 2021
Acorralados
El objetivo de la medida era frenar el retiro de depósitos bancarios: se puso un tope a las extracciones de 250 pesos semanales y se prohibieron las transferencias internacionales (con excepciones para el comercio exterior). Las restricciones impuestas afectaban a los 16 mil millones de dólares en cuentas a la vista y a los 42 mil millones de dólares depositados a plazo fijo.
Pasaron 20 años de ese diciembre que nos marcó a fuego, pero parece como si estuviéramos en El día de la marmota.

Arrancaba el último mes de un particular 2001. El Racing de Mostaza Merlo peleaba el torneo con el River de Ramón Díaz. El equipo de Avellaneda buscaba cortar una sequía de 35 años. En agosto, Los Redondos habían brindado el que sería -luego lo sabríamos- su último show, en el Chateau Carreras cordobés. Pero, no eran las únicas etapas que estaban concluyendo ese 2001 que, para bien o para mal, dejaba marcas indelebles en nuestra historia.  

Inevitablemente se nos vienen a la cabeza las escenas del 19 y 20 de diciembre. Hay, sin embargo, otra fecha, una que quizás no recordamos tanto, pero que está estrechamente atada al crack de fin de año. El primer día de ese mes, el creador -Domingo Cavallo- de la criatura -la convertibilidad- anuncia una medida que, en palabras del mismísimo Fernando de la Rúa, era “muy entendida por los argentinos” -una frase que denota el desconcierto y la falta de empatía que manejaba el ex presidente-. La restricción a la extracción de dinero pasaría a la historia como el “corralito” y sería el principio de la hecatombe para la Alianza: un derrumbe que se llevaría puesto a todo el pueblo.

Dos días después, el gobierno publicaba el decreto 1570/01, otorgándole marco legal y político al corralito. El objetivo de la medida era frenar el retiro de depósitos bancarios: se puso un tope a las extracciones de 250 pesos semanales y se prohibieron las transferencias internacionales (con excepciones para el comercio exterior). Las restricciones impuestas afectaban a los 16 mil millones de dólares en cuentas a la vista y a los 42 mil millones de dólares depositados a plazo fijo.

¿Hasta dónde puede rastrearse el origen de este proceso que concluyó con la rebelión popular del 19 y 20? Sin dudas, el modelo económico de valorización financiera impuesto por el Estado terrorista de 1976 es el puntapié inicial. Luego, una vez recuperada la democracia, el gobierno radical debió lidiar con una herencia que incluía, amén de las bestialidades cometidas durante el “Proceso”, una pesada crisis de deuda. La gestión económica de Alfonsín tuvo su primavera inicial, pero duró lo que dura la estación de las flores. La CGT de Saúl Ubaldini se encargaría de recordárselo: las premisas económicas que habían sido sembradas durante la dictadura permanecían inalterables, y eso, por acción u omisión, repercutía en los sectores que venían siendo castigados desde el Rodrigazo.

Con un acotado margen de maniobra, y a caballo de las indecisiones políticas del alfonsinismo, llegaba un año clave: 1989. Se dirime la puja entre los acreedores externos y los grupos económicos -locales y extranjeros-. La retirada del aval del Banco Mundial y el FMI provocó la hiperinflación y vino a remover las estructuras del modelo de valorización financiera, sacando a la luz el conflicto por los recursos fiscales. Paradójicamente, un gobierno autopercibido peronista se encargaba de liquidar lo que quedaba de la sociedad peronista. El shock de la híper, sumado a los sucesivos planes de ajuste de Erman González, alisó el terreno para que en 1991 aterrizara Domingo Felipe con su Plan de Convertibilidad. El programa neoliberal y la batería de privatizaciones que se implementarían, sirvieron para suturar las diversas fracciones del capital.

10 años más tarde, Cavallo le ponía un corralito a los trabajadores mientras los conglomerados se fugaban el dinero de los bancos. ¿Les suena? Las cifras de ese 2001 daban que el desempleo había tocado al récord de 18,3% de la población económicamente activa y que los desocupados sumaban casi 5 millones de argentinos. La industria había caído un 11,6% solo en noviembre, con picos negativos en la industria automotriz (27,5%) y en la construcción (18,1%). La pobreza le golpeaba la puerta al 46% de la población. El riesgo país, índice estrella, superaba los 5.000 puntos. La deuda alcanzaba el 53,8% del PIB, y el 97% de la misma se había contraído en moneda extranjera.

Se olía el perfume de la tempestad y el pueblo argentino iba a mostrar los dientes como perro acorralado. No por nada, cada vez que hablamos de esos días decimos “argentinazo”.

Pasaron 20 años de ese diciembre que nos marcó a fuego. Y parece como si estuviéramos en El día de la marmota, porque hoy volvemos a atravesar una situación similar como país. El FMI volvió a la carga con su tutela de revisión de cuentas, planes plurianuales y presupuestos flacos. Los indicadores socioeconómicos son alarmantes: alta tasa de inflación, 40% de pobreza, dólar elevado, etcétera etcétera. Un pasado que creímos pisado nos vuelve a acorralar, y encima con un contexto de pandemia. Parece joda, pero no.

Los López Murphy, Bullrich, Lombardi y tantos otros que formaron parte de aquella Alianza, se pasean como panchos por su casa por los sets televisivos adiestrándonos sobre qué hacer con la otra deuda, la que tomó recientemente el gobierno de Cambiemos batiendo todos los récords. Círculos viciosos de la argentinidad: 1976-2001, 2003-2015, y ahora este ciclo que no sabemos cuándo culminará ni hasta qué orilla nos arrastrará. Ahora se nos viene la crecida de la “anti-política”, un cover del QSVT que hay que ver qué nos depara. ¿A qué habrá que apelar para salir de este agujero? ¿A la audacia, a lo no pensado, a la irreverencia de la gente? El tiempo en forma de espiral señala lo cíclico de nuestra historia, pero también dice que toda historia es susceptible de ser transformada. La moneda está en el aire. Capaz somos eso: una moneda que nunca acaba de caer.

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