agosto 9, 2021
Lo que ocupa Rafaela
Rafaela llegó a mi vida. Leo con avidez, pero no alcanzo a terminarlo, aunque el libro es corto y yo leo rápido. Lo pido para llevármelo a casa, y como tengo cara de buena y me porté bien en la hora libre, me lo dan.
Ella vive así y asomarnos a su ventana, a ver qué le anda pasando, es un lujito que nos podemos dar.

Pega el solcito en el aula. Seremos veinte pibes y pibas gritando pavadas, esperando que venga la seño. Ahora que estamos en séptimo, no nos tienen que acarrear al aula cada vez que termina un recreo. Suena el timbre, empezamos a volver, nos sentamos cada une en su lugar y todo el año lo mismo. A una de las profes, que anda por sus treintis, vive en el Delta y todos los días se tiene que tomar una lancha y un tren para llegar hasta la escuela, le pareció copado que este año los bancos estén ordenados en forma de u. Al principio estuvo piola, pero resulta que no todos los profesores estuvieron de acuerdo, y entonces nos la pasamos acomodándonos de una manera y de la otra. Un despelote total: dedos apretados contra los bancos, cartucheras extraviadas, útiles rodando por el piso. 

Pasan los minutos y empezamos a especular: ¿será que está llegando tarde la de matemáticas? Nadie la vio por la escuela, capaz que no vino. Crecen los murmullos excitados. Alguien entra al aula y confirma el rumor, con un estéril “no se pongan a gritar”. La seño está enferma y sin reemplazo, así que tenemos hora libre. Euforia. Los pibes saltan sobre los bancos y empiezan a arrancar hojas de un cuaderno para fabricarse una pelota de papel. “Igual no se pongan como locos -nos avisan-, que afuera están los de segundo en educación física”.

¿Y entonces? ¿Hora libre en el aula? Qué embole. Peor. Nos llevan a la biblioteca. Todavía más chiquita, más bancos en u y dos paredes con libros hasta el techo. Podemos buscar algo para leer o hacer otra cosa en silencio. Tras una breve negociación con los menos adeptos a la literatura, se decreta jugar a algo tranquilo, tutifruti o tatetí. Yo me abro y empiezo a husmear en los estantes, a ver qué encontraba -soy malísima en el tutifruti y al tatetí ya le habíamos sacado el truquito-. La mayoría son librotes, colecciones de historia, algunas de ciencia. Pero allá al fondo hay dos estantes con cosas de ficción. Desde lejos reconozco los colores de Santillana -naranja, violeta y azul- para marcar las edades de preferencia. Los de mi color ya me los leí y me aventuro con uno para más grandes. 

Llega a mi vida Rafaela. Leo con avidez, pero no alcanzo a terminarlo, aunque el libro es corto y yo leo rápido. Lo pido para llevármelo a casa, y como tengo cara de buena y me porté bien en la hora libre, me lo dan. Dos cosas -que pueden ser la misma- me llaman la atención del libro: cómo está escrito, con una voz que me resuena, y todo lo argentino del lenguaje que usa su autora, Mariana Furiasse. 

No lo leo, me lo como. 

Días después lo devuelvo en la biblioteca de mi escuela y me olvido de él. Hasta que una vez en el Ateneo ese grande de Cabildo y Juramento -mi salida predilecta-, reconozco la portada en un estante de abajito de todo, muy cerca del piso, ¡ahí estaba Rafaela! En una tarde me lo volví a leer. 

Los encuentros se siguieron repitiendo. Cada tanto nos volvíamos a cruzar y cada vez que pasaba, me quedaba leyéndolo. En 2017 supe que, casi quince años después de la primera publicación, había salido una segunda parte. Busqué por todos lados, pero no la pude conseguir. O estaba agotada o no se sabe qué pasó. Y bueno, me volví a olvidar del asunto. 

Pero, un par de días atrás, charlando sobre libros argentinos para recomendar, de golpe se me viene a la cabeza Rafaela. Busco el PDF, me lo descargo, pero, algo confundida, me encuentro con una tapa similar pero distinta, que dice cosas que no me sonaban: “Rafaela Intermitente, volumen dos”. Lo compro inmediatamente y acá estamos. No les voy a andar diciendo que fue cosa del destino, porque en realidad es interés. Eso es lo que es: interés y entusiasmo de estar reencontrándote con algo que -ahora te das cuenta- se te había quedado clavado en tu cabeza. Dormitando, pero ahí. El mismo libro que me había encantado a los 11 ahora lo releo a los 22, casi sin recordar la trama, y de nuevo pienso lo mismo: puta, ¡qué lindo que es! 

Rafaela es una piba que estudia en una privada, en algún lugar de la argentina. Familia de clase media, madre, hermana, perra, una mejor amiga y dos amigas más. “Los kilos me pesan. No tanto como me pesan las miradas. Me llamo Rafaela Rivera y tengo 16 años”: así empieza la historia, que, de alguna manera, es exactamente la que esperás que sea, y a la vez nada que ver. Tiene un final que alguna vez me pareció abierto, y que ahora me parece más que aceptable. Incluso lleno de posibilidades. Y si te quedás con ganas, bueno, podés leerte “Rafaela Intermitente”, que retoma la historia un año después de donde el primer libro la había dejado. 

Hace poquito hablábamos de la female gaze. Bueno, si algo así existe, indudablemente que acá está. La autora crea un personaje que es tan real como tu vecina de la cuadra, tan tangible que podríamos acusarla de haberle afanado el diario íntimo a alguien. La pluma es de ella, pero nosotres vemos el mundo a través de Rafaela, esta piba que se siente menos por ocupar espacio “de más”, que no va a bailar porque no encuentra qué ponerse -y entonces se queda en casa-, y que en un momento confiesa que en realidad no son tantos sus kilos de más, pero eso no importa, porque ella se siente así y los demás se ocupan de hacérselo notar. 

Rafaela hace y dice boludeces, pero no es ninguna boluda. Se enoja, se pelea, a veces tiene razón y otras no. Ella vive así y asomarnos a su ventana, a ver qué le anda pasando, es un lujito que nos podemos dar. Una historia entretenida y atrapante, que podemos usar como espejo. Igual que hace Rafaela, nosotres también nos podríamos preguntar: ¿cuánto espacio ocupamos? ¿Y cuánto realmente quisiéramos ocupar?

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2 comentarios

  1. Que maravilla de historia Valen!!!! Que ganas de leerlo y regalarlo a Viko, mi nieta!!!! Y que geniales son los libros, cómo soñar sin esas tableta de papel y que no tienen botón de power, que se encienden al levantar la tapa y nos iluminan el corazón!!!!

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