noviembre 9, 2021
Las cosas por limpiar
Por muy elocuentes que son la lucha y la tenacidad de la protagonista para proteger a su hija, sus conquistas no tienen que ver estrictamente con eso. El foco parece estar puesto en el hecho de que no interesa cuánto se esfuerce, cuán madraza sea ni cuántas casas haya limpiado al final del día, porque hay algo más grande que todo eso, y ese algo la arrastra.
Alex escapa de noche, en su auto, con su hija y una mochila, sin ningún plan sobre su futuro inmediato, y ni hablar de los demás futuros.

Terminé de ver Maid un par de noches atrás, como a las dos de la mañana y los ojos hinchados de llorar, y ahí nomás me puse a leer reseñas de esta nueva serie de Netflix. 

Maid, o Las cosas por limpiar, como la conocemos acá, arranca con Alex huyendo con su hija de dos años, del tráiler que compartía con su pareja, en la oscuridad de la noche. Todo lo que sigue nace de su decisión de separarse e independizarse de su pareja abusiva, por el bien de su hija, que, entre tanto encierro y aislamiento, se había convertido en su vida entera. 

Es interesante, más allá de las interpretaciones que puede hacer cada crítico, detenerse un toque en el tono de la interpretación, y en cómo se vincula eso con el escenario donde transcurre la historia. Las publicaciones más conservadoras tienden a rescatar los momentos de la trama que más apelan a la narrativa ideológica de fondo, y lo mismo hacen los portales más izquierdosos. Me llamó la atención el esfuerzo desmedido de Infobae por mencionar lo menos posible la palabra “abuso”, supliéndola con frases como “situaciones complicadas”: me obligan a pensar que no entendieron mucho de la serie. 

Pero hubo algo que me decepcionó todavía más, y es que, en cada nota que leí, lo que más me había impresionado de esta serie fue fallidamente mencionado. Es indudablemente una historia de auto-superación, que roza incluso lo pornográfico de la miseria, pero, el mundo y el relato están tan logrados que la trama acaba escapando de todo el cliché meritocrático que pudo haber tenido. Bueno, si tenés un montón de ganas de entrarle por ese lado, algo le vas a terminar encontrando, pero si esa fue la impresión que te quedó de la serie, me parece que te convendría sacarte las anteojeras. 

Te decía que Alex escapa de noche, en su auto, con su hija y una mochila, sin ningún plan sobre su futuro inmediato, y ni hablar de los demás futuros. Solo la mueve su determinación de sacar a su hija del lugar del que no había logrado sacarse a sí misma.

Se lucen los recursos narrativos del show, a la hora de enfrentarnos con esa precaria realidad que padece la protagonista. Sabemos cuánta plata tiene en el bolsillo conforme avanza la trama, y sufrimos la agonía de ese pequeño tesoro que disminuye todo el tiempo, cuando paga la guardería de su hija para salir a laburar, cuando carga nafta y cuando para a comer algo. Sentimos también la extrañeza de las palabras del abogado de su ex, que habla en términos de la legalidad y la margina de las conversaciones que dirimen el futuro de su hija. 

Por momentos es devastador y todavía no estoy segura de que la serie logre ese equilibrio que claramente está buscando, entre secuencias que te parten el corazón y otras que son como una ranura por la que se cuela un rayito de esperanza: las pequeñas victorias que consigue Alex y cada escena junto a su hija Maddy.

Por muy elocuentes que son la lucha y la tenacidad de la protagonista para proteger a su hija, queda claro que sus conquistas no tienen que ver estrictamente con eso. El foco parece estar puesto en el hecho de que no interesa cuánto se esfuerce, cuán madraza sea ni cuántas casas haya limpiado al final del día, porque hay algo más grande que todo eso, y ese algo la arrastra. 

Los ciclos de pobreza y abuso son más fuertes que la voluntad que una persona, por su cuenta, pueda llegar a tener. La apatía de la sociedad, e incluso la indiferencia del propio Estado, sumadas a la falta de recursos, la ponen constantemente en jaque. Alex necesita ayuda. Ayuda en el refugio para mujeres maltratadas, ayuda del Estado, ayuda de la asistenta social para sortear la burocracia del Estado, ayuda de completos desconocidos, de sus padres, e incluso de su ex abusivo. Aun así, por momentos parece imposible que pueda transformar la realidad que padece.

No podemos hablar de meritocracia si casi no hay recompensa por los esfuerzos que hace, y si la mayor parte de las situaciones resueltas tienen que ver con la suerte o con sistemas que son ajenos a ella -por más que estén pensados para gente como ella-, como esas ayudas que percibe de los programas sociales del Estado. 

La historia de superación de Alex, inspirada en Stephanie Land, no es un reflejo de lo que podemos lograr si trabajamos duro, sino una reflexión sobre lo imposible que puede resultar rehuir del abuso y la pobreza, por mucho que nos esforcemos, y sobre cómo se precisa suerte, manos desconocidas que se tiendan y un Estado que esté presente.

La trama de Maid, tranquilamente pudo haberse sentido plana. Si no sucede, se debe a las destacadas actuaciones que tiene: Qualley brilla en el rol de Alex, plasmada en un constante primer plano, mientras asimila la violencia y el dolor que la rodea y sigue para adelante; la madre de Alex -que es la madre de Qualley en la vida real-, encarna a una mujer bipolar no diagnosticada que ha estado toda su vida en relaciones abusivas, y lo hace tan real que por momentos te pone la piel de gallina; el padre de Alex es amenazante incluso cuando se muestra generoso y caritativo; Nick Robinson, por último, toma el que honestamente considero uno de los roles más difíciles de cumplir, el de Sean, porque lo más sencillo es que se desprenda de su actuación el estereotipo de un hombre loco y malo, y él en cambio le aporta al personaje una cantidad de matices impresionantes.

No quiero dejar de remarcar la sensibilidad y el detalle con que son retratados el abuso y sus efectos, no solo en la protagonista, sino en toda la gente de su círculo cercano, que lo recibe y perpetúa. Los momentos de empatía y cuidado, entrelazados con otros de violencia y destrato, indiferencia y abandono, reflejan lo profundo y complejo de las estructuras que sostienen estos abusos. La interseccionalidad entre la desigualdad social y la violencia machista se hace evidente, una y otra vez, en todos los miembros de la familia de Alex: el resultado es tan certero que puede resultar shockeante, si como yo están habituados a esa estructura narrativa del hombre loco y maltratador y de la mujer fuerte y luchadora que se vuelve más fuerte por el trauma que le ocasiona la violencia. Los momentos de conexión entre Alex y Sean son tan honestos que evidencian cómo alguien puede sostener durante tanto tiempo relaciones de esa naturaleza, y por qué es tan difícil desprenderse de ellas.

El show pone sobre la mesa las diferentes formas que puede tomar el abuso, sin mostrar siquiera un moretón, y deja claro que el abusador no es un loquito cualquiera, sino una persona común y corriente que absorbió como una esponja lo que la sociedad enseña sobre cómo tratar a las mujeres. Y entonces él va y lo reproduce, sin llegar nunca a reconocer esa violencia.

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1 comentario

  1. Valen querida!!! Genial la reseña, excelente análisis y la crítica me recuerdan innumerables historias reales de muleres violentadas que terminan mal pero que muy mal!!! Lamentablemente mucha gente se emocionará indignará y hasta reflexionará!!! Pero lo que se necesita más que la intervención del Estado que frío reparte justicia injustamente es la respuesta solidaria u amorosa de la gente próxima de la comunidad!!

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