abril 2, 2021
Entre plantas y vacunas
Y yo no quiero dejar de honrar a nuestras viejitas queridas, cuya supuesta ingenuidad estaba enraizada en ese conocimiento popular de la medicina casera, que trasciende de generación en generación y que llega tantas veces a lugares donde escasean los médicos, hospitales y ambulancias.
“Pobres viejas, qué ingenuas”, comentábamos, mientras nos intercambiábamos las figuritas de nuestra primera dosis de la Sputnik.

Estos tiempos de pandemia siguen produciéndome sensaciones intensas -contradictorias y a la vez halladas-, de mucho miedo, ideas de enfermedad y muerte, pero también de ganas de viajar, de moverme, de juntarme y seguir aprendiendo. Y cada día que pasa pongo más energía en las emociones, que me lanzan hacia la lejanía como eyectado por una catapulta, para soñar, matarme de risa y también de llanto. Por las mañanas, mientras preparamos el desayuno, ilustro mis incoherencias con canciones pasajeras que alarman a Rita, cumpa de plantas y de la vida que a menudo teme que esté transitando un ACV.

Meditando sobre el Covid-19 y las pandemias en general, tras haberme cagado lo suficiente en los chinos por morfar serpientes y murciélagos y en quienes no se cuidaron de regreso al país, desparramando el bicho por todos lados, me detuve en las estrategias que tiene el planeta, ser vivo al fin, para paliar la virulencia de este capitalismo salvaje -¿habrá otro?- que afecta todos sus órganos tanto como su sistema inmunológico. Terremotos, tsunamis, incendios forestales, pestes, inundaciones, se suman a las guerras genocidas del hombre, sus dictaduras, agrotóxicos, transgénesis, agronegocios y proyectos “inmobiliarios”. Trump, Macri, Bolsonaro.

Charlábamos de estas cuestiones con Jorgito Gioannini, amigo querido, compañero de cobranzas en el glorioso Centro Gallego, ciclista fanático y amante de las plantas, pero técnico químico al fin, con una gran pata metida en la ciencia. Recordábamos que, cuando llegó acá la epidemia de la polio, muy cruda promediando los cincuenta, nuestras madres nos colgaban del cogote una bolsita de tela de sábana vieja con hojas de romero, eucalipto y alcanfor, para ahuyentar las infecciones. “Pobres viejas, qué ingenuas”, comentábamos, mientras nos intercambiábamos las figuritas de nuestra primera dosis de la Sputnik. Bien vale la pena rememorar aquella época de nuestra niñez, cuando, gracias a Jonas Salk y su vacuna, dolorosa para mi bracito escuálido pero eficaz, miles de niñas y niños nos libramos al fin de la tremenda y tantas veces mortal parálisis infantil.

Pero una cosa no quita la otra, y yo no quiero dejar de honrar a nuestras viejitas queridas, cuya supuesta ingenuidad estaba enraizada en ese conocimiento popular de la medicina casera, que trasciende de generación en generación y que llega tantas veces a lugares donde escasean los médicos, hospitales y ambulancias. Andando por mi barrio, en Marcos Paz, cerca del campo de cultivo y el pastoreo de vacas, en los caminos de tierra donde en primavera crecen las manzanillas me encontré con unas hierbas cuyas hojas de olor dulce hacen pensar en el ajenjo. Se llama artemisia annua, pero todo el mundo le dice “ajenjo dulce”. En China se la usa para tratar la fiebre y en África para combatir la malaria -aceptada en ambos casos por la OMS-. Fue recientemente redescubierta en Europa, e incorporada a algunos tratamientos para prevenir y aliviar el Covid-19. Esta planta, oriunda de Asia y que viajó por todo el mundo aliviando dolores y enfermedades, ¡resulta que me la vengo a encontrar a la vuelta de mi casa!

Pero hay otra historia, que al día de hoy no deja de sorprenderme cada vez que leo sobre ella. Allá por el Siglo XIV, se desató la gran epidemia de peste bubónica, popularmente conocida como “peste negra”, y tanto en Europa como en Asia produjo millones de muertes espantosas. Tantas, que en un momento dado dejaron de enterrarse los cadáveres, y en lugar de eso se los quemaba: cuentan los libros que los olores nauseabundos volvían el aire irrespirable a través de pueblos enteros. Panaderos, molineros y carniceros fueron el blanco de los ataques, por ser los gremios preferidos de las ratas negras, portadoras de la bacteria Yersinia pestis. Pero hete aquí que un cierto grupo de personas permanecía en estrecho contacto con las ratas y sin embargo no caía en desgracia: eran merodeadores de la noche, asaltantes de casas diezmadas por la peste. Estos ladrones -llamados “rateros” hasta hoy-, se alimentaban incluso de los roedores, pero resulta que habían aprendido a cubrir sus rostros con trapos empapados en vinagre, que ellos mismos hervían con diversas plantas aromáticas como romero, eucalipto, cáscara de limón, clavo de olor y canela. Dice la leyenda que las autoridades parisinas les conmutaban una pena de cárcel y suplicio, a cambio de la receta de sus máscaras sanadoras.

Y así nos bandeamos eternamente entre la ciencia y la sabiduría popular. Remedios caseros, a base de plantas, animales y minerales, amorosas madres ingenuas que nos quisieron resguardar con recetas sencillas que viajan a través del tiempo, conectando generaciones enteras: un mundo que convive perfectamente con vacunas que son científicamente probadas y que por supuesto nadie debe desmerecer ni rechazar. Permítanme contarles algo más, antes de irme. Un dato que no deja de ser llamativo, en esta época nuestra, donde unos pocos mega laboratorios manejan a piacere la multifacética industria farmacéutica: ni Jonas Salk, ni Albert Sabin, aceptaron en su tiempo patentar las geniales vacunas que desarrollaron, incluso llegando a rechazar miles de millones de dólares. Ellos tenían la convicción de que ningún niño ni ninguna niña del mundo debía quedarse sin protección, y sabían que, si accedían a patentar, eso inevitablemente ocurriría. Palabras del propio Salk: “¿Acaso se puede patentar el sol?”.

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