julio 10, 2021
El goce del hombre
Es lógico que la industria audiovisual asigne a la mujer el papel de “imagen”, en tanto que sea el varón el portador de la mirada. Concuerda perfectamente con las posiciones hegemónicas que relacionan a la mujer con la pasividad (ser vista), y al hombre con la actividad (verla).
No es necesario el plano indulgente de una mujer bañándose ni el gesto inocente que explique su falta de ropa, para detectar la mirada masculina.

En distintos ámbitos de la industria audiovisual, se estuvo hablando mucho últimamente sobre la “male gaze” -mirada masculina- y la supuestamente novedosa “female gaze” -mirada femenina-, que de nueva tiene poco, pero sin embargo muches apenas nos estamos desayunando de su existencia.

Originalmente, el concepto lo acuñó Laura Mulvey -inglesa ella, teórica del cine-, en las páginas de un ensayo que publicó allá por 1975 bajo el título de “Placer visual y cine narrativo”. En este artículo, analiza psicológicamente -y con perspectiva de género- el placer que experimentamos mientras miramos un film. La mirada masculina, como marco definidor del cine, es abordada en relación al voyeurismo y el exhibicionismo, pero la autora también introduce en su análisis tendencias sádicas y masoquistas. Laura detecta que el espectador se identifica con ese protagonista hombre que en la trama está observando un cuerpo femenino. Así, el voyeurismo y la escopofilia se convierten en prácticas socialmente aceptadas. En este clima de desbalance social en que vivimos -producto de una estructura patriarcal-, es lógico que, si se pretende explotar estas tendencias, la industria audiovisual asigne a la mujer ese rol de “imagen”, en tanto que sea el varón el portador de la mirada. Concuerda perfectamente con las posiciones hegemónicas que relacionan a la mujer con la pasividad -ser vista-, y al hombre con la actividad -verla-. 

Temo que me esté sonando todo muy académico, y hasta quizás pueda parecer un poco tirado de los pelos, pero créanme que las pruebas son irrefutables. En el marco de un cine clásico que se esfuerza por mantener la cámara invisible y persuadir al espectador de que eso que está enfrente suyo es una ventana a la realidad, podríamos pensar que la utilización de estas tomas introducidas para recortar el cuerpo de la mujer y observarla a piaccere, es un elemento disruptivo. Sin embargo, el placer proporcionado al observador parece suplir a la verosimilitud, en tanto que los códigos del cine se encargan de hacer el resto.

El ensayo de Mulvey tiene apenas una decena de páginas, pero la lectura puede tornarse lenta si une no está acostumbrade al lenguaje académico y a cierta terminología psicológica. Parece como si la autora hubiera hecho economía de las palabras, porque cada oración resulta crucial para interpretar los conceptos discutidos.

La noción de la mirada masculina definiendo la fotografía y el arte de los personajes femeninos en la pantalla, se vuelve evidente muy rápidamente, cuando se tiene un nombre para otorgarle (gracias, Laura). Y esta perspectiva resulta abrumadoramente mayoritaria, pues la podemos rastrear en más del 90% de las películas. Resulta irrelevante, que se apunte a un público femenino o masculino: en uno y otro caso, la producción tendrá la huella de la perspectiva de su creador -hombre- y del mundo por él concebido, incluyendo a los escasos personajes femeninos que aparezcan en la trama. ¿Qué podemos hacer? No mucho. La manera de ver el mundo de un director o de una directora contaminará todo lo que se proponga narrar. El problema es que la aplastante mayoría de las películas y series que hemos visto, fueron hechas por varones.

Incluso en algunas producciones que darían la impresión de haber invertido roles, exponiendo a un cuerpo masculino a la tijera y la deshumanización, aun cuando vemos que la cámara recorre viciosamente los contornos de un hombre, en vez de las curvas de una mujer, ahí también opera la norma de la male gaze. Se trata simplemente de lo que ese director-hombre creyó que sería atractivo para su público femenino, proyectando otra vez su propio código. 

No es necesario el plano indulgente de una mujer bañándose ni el gesto inocente que explique su falta de ropa, para detectar la mirada masculina. Está en todo. Es común, inclusive, encontrarnos con directoras mujeres que la reproducen y validan, en su afán de ser exitosas en el ambiente. La male gaze se extiende en cada rincón de la creación audiovisual, abarcándolo todo y haciendo de cada producto, sin importar cuál haya sido la intención originaria, algo creado para el goce de un público que es masculino por excelencia

Y la female gaze, ¿vendría a ser lo contrario? 

Queda poco claro, porque parece que nos está costando ponernos de acuerdo. En un sentido más bien literal, diríamos que es, lisa y llanamente, cuando una producción audiovisual es pensada y realizada bajo el liderazgo de una mujer, o de un grupo de mujeres. Hay, sin embargo, quienes arguyen que es un poco más complejo, pues se trata del código que subyace en las producciones que ponen en práctica este paradigma. Un “mirar respetuosamente”, escuché por ahí. Por lo pronto, es un enfoque que no cree que el cuerpo humano sea la única fuente de disfrute estético. En un mundo ideal, bien podríamos involucrar el cuerpo, sin que por eso tengamos que andar poniendo el ojo en la construcción del personaje. Pero el mundo ideal nos estaría quedando un poco lejos todavía.

Lo que más me resuena, cuando pienso en la female gaze -sea lo que sea-, es reflexionar sobre mi experiencia como espectadora, desde mi infancia hasta hoy. Recuerdo muy vívidamente cómo seguía con la mirada a ese único personaje femenino, en cualquier film o serie que estuviera viendo, esperando pacientemente que dijera algo, disfrutando enormemente de sus momentos en pantalla. Si no lo encontraba, o si eso que veía no me resultaba ni remotamente satisfactorio, me costaba pasarla bien. 

Mucho tiempo después sabría que esas historias con que me había obsesionado, las que incluían personajes que me resonaban de una manera particular, mayoritariamente habían sido creadas por mujeres o disidencias. Y es el día de hoy que sigo teniendo el mismo problema y el mismo don para identificar producciones que miran respetuosamente, sin estar condicionadas por la agotadora mirada masculina.

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2 comentarios

  1. Ay Valen!!!! Que lección impresionante para reflexionar sobre quienes somos y qué vemos cuando miramos… Gracias por lo que aportás para la interminable deconstrucción… Entonces para mí, primero, la transformación…

  2. Si Valentina, podrida de la mirada masculina. Hay algunas que tienen tanto olor a huevo que no se pueden ver. Muy buena la nota! Pelis como La lección de piano, Un ángel a mi mesa, Memorias de Antonia, Retrato de una mujer en llamas nos reconcilian con el cine y Aguante la mirada feminista carajo!

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