mayo 13, 2021
Ciencia, cyborgs y mujeres
Cuando me había resignado -quizás por una simple inercia de la auto consciencia- a pensar exactamente qué significaba “ser mujer”, este texto se me metió dentro de la piel. La categoría “cyborg” me cierra por todos lados, y comparto con Haraway esa inexistencia de una experiencia universal que nos defina como mujeres.
Un esfuerzo blasfematorio para construir un irónico mito político, fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo.

Del ingl. cyborg, acrón. de cybernetic organism ‘organismo cibernético’. 1. m. Ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos.

Eso me dice la Real Academia cuando, en una nube de confusión, recurro a un googleo intenso de varios términos. Es que me mandé de cabeza a leer un libro que me pasaron por pdf, “Ciencia, Cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza”, diciéndome que, de última, sería una experiencia interesante, leer y no entender un carajo. Efectivamente, este libro escrito por Donna Haraway apela a conceptos y trabajos de otros autores que están muy lejos de mi zona de confort. Desde ciencia y biología, pura y dura, hasta múltiples tesis feministas de los últimos cien años, todo es enhebrado por la autora, que vuelca allí sus vastos conocimientos, y el resultado es un trabajo que, desde que fue publicado allá por 1985, es material de lectura para estudiantes de filosofía, antropología, incluso historia. A su tesis la nombró Manifiesto Cyborg y como ella misma dice en las primeras líneas, se trata de un “esfuerzo blasfematorio, destinado a construir un irónico mito político, fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo”. Y es cierto, que hay un tono de ironía y sátira en el escrito que presta un poco a la confusión: quiero decir, que ayuda a hacerlo todavía más confuso. 

Algunas páginas las tuve que leer varias veces, y me socorrí con un par de textos de soporte que sintetizan y traducen las palabras difíciles de Haraway. Nada más quería procurar no estar yéndome al pasto con la interpretación que estaba haciendo. Me interesaba estar más o menos alineada con lo que expresaba la autora. Digo todo esto para avisarte que, si te pasa como a mí, o sea, si todavía no estás en esa de leer trabajos académicos extremadamente nicho, entonces probablemente clasificarías esta lectura como “difícil”. Pero, si algo aprendí de esta experiencia, sin siquiera un profesor a quien echarle la culpa por mi agotamiento mental producto de la lectura, es que nada se compara con el texto original. Y todavía mejor: que, si llegás al final, te vas a dar cuenta de que te sirvió, por mucho que durante el trayecto hayas sentido que no entendías nada. ¿Y sabés por qué pasa eso? Porque ningún conocimiento es impermeable, y porque, por tedioso que pueda resultar, creo que hay conceptos desconocidos que, contra todo pronóstico, te llegan por ósmosis

Bueno, pero vamos al punto: ¿de qué se trata el ensayo? Como su nombre lo indica, es un texto que, de manera quizá irreverente, pretende postular una nueva categoría en el marco de nuestra existencia. Y esa categoría es el cyborg. En pocas palabras y dejando probablemente algunas cosas afuera, Donna Haraway explica que todos somos cyborgs, porque hace rato que ya nada nos escinde de la tecnología. No es necesario tener un chip implantado detrás del oído, o un hueso de metal como tenía mi abuela, para sentirnos robotizados, porque la autora se refiere al concepto de la tecnología. Y ese concepto es lo que nos otorga el acceso al conocimiento, lo que define nuestras vidas -lo queramos o no- y la manera en que nos movemos y comunicamos. Ya no pueden separarse lo humano y la máquina, lo natural y lo artificial. 

Y para sostener esto necesita tirar abajo algunas estructuras, como la separación tajante entre humano y animal, o cultura y naturaleza, ideas que a la ciencia cada vez le cuesta más justificar. El ego humano, que hasta acá había sostenido esa clase de distinciones, ya no parece ser suficiente motivación.

Otra afirmación que le valió la crítica de algunas militancias feministas, fue que “no hay nada en el hecho de ser mujer que nos una de manera natural o biológica”. Es que sí, Haraway se mete de lleno en estos temas, y de hecho ha manifestado en más de una ocasión que el género en sí es algo obsoleto, por mucho que siga motivando debates vigorosos y vigentes. Si me preguntan a mí, pienso que todavía no nos podemos dar el lujo de separar nuestras experiencias de vida del género que nos fue asignado -y por el que se nos percibe-, pero eso no significa que no comparta con la autora lo problemático de la noción de género, y el hecho de que debiéramos tender a disolverlo en tanto categoría de identidad. Esta es, sin duda, la parte del texto que más resuena con las discusiones que se están dando hoy a nivel mundial, en relación a las categorías de género, no solo las construcciones binarias, sino las otras que van aflorando. Spoiler alert: históricamente, han existido en muchísimas culturas no occidentales al menos un tercer género, cuando no un cuarto, un quinto, y más también. 

Cuando me había resignado -quizás por una simple inercia de la autoconsciencia- a pensar exactamente qué significaba “ser mujer”, este texto se me metió dentro de la piel. La categoría “cyborg” me cierra por todos lados, y comparto con Haraway esa inexistencia de una experiencia universal que nos defina como mujeres. Cada día me resulta más evidente.

La autora se toma el trabajo de enumerar, con críticas y halagos, las corrientes feministas que han ensayado una definición del “ser mujer”, y luego alista las posiciones históricas de las mujeres, en esta sociedad industrial que habitamos. La militancia socialista y feminista asigna a Haraway una perspectiva que hoy ha sido asimilada, en parte, por el discurso feminista, pero que en su época debió haber sido bastante más radical. Al momento de su publicación, se estaba dando una discusión interesante, vinculada con la interseccionalidad, un concepto clave para la teoría feminista del que ya dimos cuenta en la reseña de Angela Davis.

Ella se atreve a reclamarle al movimiento feminista “una política socialista relacionada con la ciencia y la tecnología”, percibiéndolas como herramientas imprescindibles que el feminismo seguía sin apropiarse, dada la precarización de la posición social y económica de la mujer. Finalmente, sostiene con firmeza el rechazo a una definición por oposición y a los dualismos pertenecientes a la filosofía moderna: no somos mujeres por no ser hombres, ni somos humanos por no ser animales. Somos híbridos, mosaicos, quimeras, cyborgs.

Compartí

Únete a la conversación

1 comentario

Dejar un comentario

Seguí Leyendo

La última ronda

Nadie está exento de probar cualquier clase de sustancia, y nadie puede anticipar hasta qué punto quedará atrapado en ella.

Largas filas de dolor

El centro porteño se apiñó de familiares que presentaban hábeas corpus por sus seres queridos que no volvían.

Un piso de vida

¿Qué cantidad de respuestas es capaz de generar el Estado, para las personas que rondan los 18 y 65 y que necesitan trabajar?

La última ronda

Nadie está exento de probar cualquier clase de sustancia, y nadie puede anticipar hasta qué punto quedará atrapado en ella.

Largas filas de dolor

El centro porteño se apiñó de familiares que presentaban hábeas corpus por sus seres queridos que no volvían.

La última ronda

Nadie está exento de probar cualquier clase de sustancia, y nadie puede anticipar hasta qué punto quedará atrapado en ella.

Largas filas de dolor

El centro porteño se apiñó de familiares que presentaban hábeas corpus por sus seres queridos que no volvían.

Un piso de vida

¿Qué cantidad de respuestas es capaz de generar el Estado, para las personas que rondan los 18 y 65 y que necesitan trabajar?

Una sensación de poder

La quietud del agua de Quilmes es la parálisis de un tiempo que se esfuma sin un sentido aparente.