marzo 25, 2021
El cuento de la criada
Estamos en la cabeza de June y solo sabemos lo que ella sabe. Cuando recuerda su pasado, cuando se le mezcla con el presente, cuando su imaginación la lleva a creer múltiples versiones de las cosas e incluso opuestas, ahí estamos con ella.
Esta novela de Margaret Atwood, editada allá por 1985, plantea un futuro distópico y bastante inquietante.

Me tomé un descanso de la teoría feminista pura y dura. No me daba la cabeza para más y por un tiempo era mejor parar. Para relajar un poco, me metí con una ficción bien tranquila, de esas que te producen una sensación de seguridad y confort. No, bueno, claramente es una broma. Esta novela de Margaret Atwood, editada allá por 1985, plantea un futuro distópico y bastante inquietante. Pero de eso ya hablamos hace un par de días, cuando reseñé algunas cosas de la serie.

Agarré el libro después de haber visto la serie. Un e-book prestado y un viaje largo: primer tramo en avión, el último en tren. No podía parar de leer. Ninguno de los paisajes, detrás de la ventanilla, logró quitarme los ojos de las páginas, y que solo fueran 250 me motivaba más a terminarlo de un tirón. Si la serie me había hecho sentir enojada y entusiasmada, con ganas de cambiar las cosas, el libro te entierra en tu claustrofobia, con el peso incesante de la opresión

El relato es confuso, más cercano a la oralidad, cíclico y repetitivo. Por momentos, anacrónico. Estamos en la cabeza de June y solo sabemos lo que ella sabe. Cuando recuerda su pasado, cuando se le mezcla con el presente, cuando su imaginación la lleva a creer múltiples versiones de las cosas e incluso opuestas, ahí estamos con ella.

“Esto es solo una reconstrucción”, se lee en varios pasajes del libro, y me resulta extremadamente auto-reflexivo. Es la reconstrucción de la historia que la escritora armó en su cabeza, y la que June consigue hacer con los retazos de información que reúne y las variaciones que encuentra en su pasado. Todo es relatado mirando hacia atrás, pero no desde el presente, sino desde un futuro que desconocemos. La reconstrucción oscila entre lo que recuerda estar pensando y lo que imagina que pensó. Otro elemento magistralmente utilizado es el extrañamiento de esa realidad que vendría a ser nuestro presente. Viéndolo con los ojos de June, que cuestiona y se cuestiona a sí misma en el pasado, nosotres también nos podemos abstraer de la realidad, mirándola con distancia. 

Como lectores, nos sentimos restringides. No podemos fiarnos de la narradora -ella misma nos lo admite-, en tanto que su visión de la realidad y del mundo que habita está dolorosamente cercenada. La cofia que lleva puesta, restringe literalmente su visión y simboliza crudamente el cercenamiento que nosotres mismes sentimos mientras leemos. Como si no bastara, June debe caminar con la mirada clavada en el piso, siempre piadosa. No tiene acceso a lecturas ni a medios de comunicación, incluso cuando están fuertemente controlados. Su existencia está supeditada a lo que su familia-ama pretende de ella. Sus derechos se reducen a un paseo diario, presumiblemente para mantener un estándar básico de calidad de vida, pero siempre con una compañía, que también funciona como factor de control. Se trata de un plan a largo plazo, y eso implica elaborar proyectos de vida que sean sostenibles en el tiempo. Muchas restricciones y pequeñas libertades que sirven como vías de escape. La retórica está basada en la culpa y el sacrificio: ¿no te resuena? 

El libro tiene otra magia: es que, por más lejano y extraño que nos configuremos ese futuro distópico, conforme la historia avanza, vamos vivenciando lo tremendamente cerca que podría estar. Atwood, de hecho, tomó situaciones reales y cercanas a su tiempo, para recrear esta realidad alterna. Si en verdad hubiera una crisis de fertilidad, ahora mismo, ¿cuánto tiempo creen que pasaría, hasta que se derogue el derecho al aborto recientemente conquistado? ¿Cuán pronto se prohibirían los métodos anticonceptivos y se comenzaría a cargar las tintas en las mujeres? Discursos públicos como los que escuchamos a diario en nuestra sociedad, pretendiendo que una niña de 12 no tiene derecho a interrumpir un embarazo claramente no deseado, forzándola a parir en contra de su deseo y su voluntad, ¿cuánto demorarían en ganar adeptos y traccionar políticamente?

Este libro es una experiencia para volver a sumergirnos en nuestra realidad -y más si, como yo, también necesitás no relajarte un carajo, para relajarte-. La primera vez que lo leí, me acuerdo, estaba en plena crisis de pánico conspirativo -algo tuvo que ver el editorial de La Nación, un día después de que ganó Macri-: me estaba dando cuenta de que, incluso tras haber leído casi compulsivamente todo lo que encontrara sobre la última dictadura, nada podría hacer para evitar que algo así volviera a suceder. La próxima vez no habrá ningún comunicado militar anunciándolo. Será, posiblemente, un cese paulatino de nuestros derechos, ante una situación de crisis, real o inventada. Nos imaginaba como sapos en una olla, calentándonos a fuego lento hasta morir sin darnos cuenta. 

Este libro fue comprobar que mi miedo era más real de lo que creía. Al menos, que no era la única que lo había sentido. Relacionarlo con la opresión hacia las mujeres y otras minorías -por cierto nada menores-, hizo que me explotara un poco la cabeza. Y me dio miedo. El libro es una advertencia. Después de todo, el miedo existe para ayudarnos a eludir algunos peligros innecesarios. ¡Ojo! Por si no quedó claro, también es atrapante y entretenido. Si andabas buscando un buen libro sobre el futuro distópico, metele, y vas a ver que cumple.

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